jueves, diciembre 01, 2016

ATLETISMO URBANO


miércoles, noviembre 16, 2016

MANICURA MEDIEVAL


jueves, octubre 27, 2016

¿COMIDA SANA?


lunes, septiembre 19, 2016

GOLF AUSTRAL


jueves, julio 28, 2016

ROMANTICISMO INDIO


sábado, julio 09, 2016

CUIDANDO LA ALIMENTACIÓN


viernes, junio 24, 2016

LA INQUISICIÓN ESPAÑOLA


sábado, junio 11, 2016

MÚSICA PIRATA


lunes, mayo 02, 2016

EL FABULOSO MUNDO DEL CIRCO


viernes, marzo 25, 2016

WIMBLEDON

Otro de mis dibujos de toda la vida, y que todavía no había publicado aquí.

martes, febrero 09, 2016

PUENTING MEDIEVAL

Un dibujo que hice hace años y que no me quedó muy allá, y que he retocado un poco.

sábado, noviembre 07, 2015

LA CACERÍA

Un dibujo de hace años, que todavía no había publicado aquí.

sábado, octubre 31, 2015

EL BILLAR EN LA ISLA TORTUGA


sábado, octubre 03, 2015

EMULANDO A GASOL


lunes, julio 27, 2015

PIONEROS DE LA AVIACIÓN


miércoles, junio 17, 2015

BUSCANDO EL TRONO


viernes, abril 17, 2015

DESPEDIDA DE SOLTERO (un monólogo del espacio)

Por favor, no me interprete mal, yo no tengo absolutamente nada en contra del matrimonio. De hecho, estuve casado una vez y, de la misma manera que a usted, mis amigos me organizaron una pequeña despedida de soltero. Sí, señor Hutchinson, aunque estudiara astrofísica en la Universidad de Winnipeg, yo tengo amigos.  ¡Y no todos son programas de ordenador, los hay hasta humanos! Bueno, como le iba diciendo, yo sé lo que son los ritos esos. En mi caso, tomamos unos ponches, fuimos a un local donde había chicas y, cuando apareció una vestida de Barbarella, me desmayé. Sí, no me mire con esa sonrisilla,  los psicólogos de la agencia me dijeron que es una reacción normal. Bueno, volviendo a las despedidas digamos más comunes, incluso he oído hablar de gente a la que le meten en trenes, sin dinero para comprar un billete de retorno. Pero, señor Hutchinson, esto es demasiado.

¡Sí, demasiado, lo suyo no es ni medio normal!  ¡Explíqueme ahora qué voy a hacer con usted! Porque ni se imagine que voy a llamar a la base, y que les voy a decir que me han metido un gilipollas en el módulo de mando. Ni que voy a cambiar la trayectoria ¡ni un solo grado! para que ese gilipollas llegue a la iglesia. ¡Y no me mire con esa cara de pánfilo del espacio! ¿Que no puede vivir sin perderse entre los ojos de su novia, sin rodearla con sus brazos, y sin practicarle cochinadas a la luz de la luna? ¡Pues coja un traje, salga y haga auto-stop! ¡Si tiene suerte, pillará un meteorito que vaya a la Tierra y, si hay más suerte todavía, ese meteorito librará a la Tierra de todos los mentecatos como usted!

Para que se entere, esta misión que usted pretende torpedear ha costado veinte billones de dólares. ¡Sí, billones, con b de beodo bastardo de Baltimore, que es lo que es usted! Y, lo que es más importante, ¡yo llevo años preparándome para esta misión que pretende torpedear! ¡Me costó el matrimonio, especie de tarugo cósmico!   ¡Tuve que elegir entre ella  e ir a Marte, y no dudé porque este era el sueño de mi vida! ¡Y yo la quería muchísimo! ¡Para que se entere, era preciosa! ¡Se parecía a la princesa Amidala!


Así que, querido señor Hutchinson, si quiere contraer matrimonio, lo único que puede hacer es esperar a que regresemos a Houston. Por cierto, creo que se me ha escapado. ¿Le he dicho que mi misión o, mejor dicho, nuestra misión, es establecer una base permanente en Marte? Pero, por favor, no me mire con esa cara, no estoy bromeando. ¿De verdad cree usted que la NASA se va a gastar veinte billones de dólares, con b de barbudo botarate de Boston, para que usted y yo nos hagamos unos “selfies” y clavemos una banderita en el suelo? ¡Eso es imposible! ¡Para que se entere, el contribuyente de los Estados Unidos de América nunca lo permitiría! Así que le recomiendo que haga algo útil y me ayude en mis investigaciones. 

Y, querido señor Hutchinson, si encontramos una bacteria u otra forma de vida en Marte, le prohíbo terminantemente que se case con ella. ¡Y, menos aún, que le hagan una despedida de soltero!

viernes, abril 10, 2015

ECONOMÍA COLABORATIVA


lunes, febrero 24, 2014

BUSCANDO NUEVOS FICHAJES

Humor y baloncesto, y en apenas cuatro minutos. Este vídeo fue grabado en la muestra final de un curso de dramaturgia al que fui. No os lo perdáis, es divertidísimo.


lunes, febrero 17, 2014

MICROTEATRO

Aquí podéis ver los vídeos de mis obras "El hotel de los bichos" y "Trabajo científico", que se representaron el año pasado en La escalera de Jacob.




viernes, abril 16, 2010

EL NIDO DEL MONSTRUO

Los niños juegan al fútbol callados como tumbas de bolsillo. El balón rueda sin que nadie lo pida en voz alta, las jugadas polémicas se resuelven a puñetazos pero sin amenazas previas y, cuando alguien mete un gol, lo celebra mimando alguna obscenidad. Da igual, el dinosaurio arranca desde el seto de laurel nada más empezar el segundo tiempo, carga levantando una nube de polvo hacia el centro del terreno de juego, con el mismo dichoso rugido de siempre y, una vez más, cuando los niños se han ido coge el balón entre sus diminutos brazos, y vuelve sobre sus pasos con toda la calma del mundo.

Y después ya nadie se calla. Nilín hace honor a su nombre y se pone a llorar, Torpedo intenta derribar los árboles con sus zapatillas de último modelo, Cris maldice a los adultos, cuyas reacciones fluctúan entre la risa y la bofetada cuando algún niño intenta convencerlos de la existencia del monstruo del parque, Laurita la eterna suplente arroja su muñeca al suelo. Ernesto es el único que mantiene la calma, se dedica a mirar un aparato verde cuya pantallita está llena de mapas y coordenadas.

Al cabo de unos minutos, hace callar a todo el mundo

-¿Veis esto? –dice, mostrando el artefacto -. Pues coloqué un transmisor en el balón antes del partido, y aquí sale por dónde va.

Toño le grita que miente, Torpedo le arroja una de sus zapatillas de último modelo, por suerte sin que haga blanco. Los demás se quedan callados.

-Voy a ir tras el monstruo –continúa Ernesto -. ¿Quién se viene conmigo?

-¡Yo! –contesta Hugo.

-¡Y yo también! –responde Laurita la eterna suplente.

-¿Nadie más? –Ernesto pone una mueca de burla en su cara -. Anda, que vaya panda de gallinas que sois.

Vuela la otra zapatilla de Torpedo, sin que tampoco esta vez tenga éxito. Los tres niños salen del claro, agitando los brazos y cacareando.

Caminan de puntillas, evitando las hojas secas y las ramitas del suelo y retorciendo el rostro cuando por error pisan una, y su camino les lleva al montón de hierros oxidados, ladrillos rotos y cemento que, según sus padres, es lo que queda de la antigua casa de fieras. Los niños saltan la valla de obras que el ayuntamiento puso hace años, se las arreglan para caer al suelo sin hacer un solo ruido, y reptan entre los cascotes como si fueran guerrilleros de talla mínima. Un gruñido cercano hace que se escondan tras los restos de un muro.

Pasan un tiempo quietos y casi sin atreverse a respirar, y al fin Hugo eleva su cabeza, despacio, muy despacio, hasta que sus ojos llegan a un huequecillo que hay entre dos grietas del muro. Cuando baja, les hace señas a sus amigos para que miren ellos, y se cambia de sitio con Laurita.

Es nada más y nada menos que un nido, la pila de ramitas, hierbas y hojas secas sobre la que está sentada el monstruo es lo mismo, aunque a mucho mayor escala, que lo que los niños están acostumbrados a ver en los árboles y en los documentales de fauna salvaje. Y como sucedáneos de huevos tiene, por increíble que parezca, los balones que el dinosaurio ha ido robando.

-Anda, que qué bicho más pringado –se ríe Ernesto alrededor de cinco minutos más tarde, cuando los tres están los suficientemente lejos del zoológico para poder hablar -. ¿Os habéis fijado cuando se levantaba y miraba los balones, lo triste que se ponía?

-Oye, tú que eres bueno en ciencias –dice Hugo-. Si le salen hijos, ¿qué serían? ¿Del Madrid o del Barça?

-Pues qué queréis, a mí me da pena –responde Laurita.

Poco después, ella lleva a la casa de Edu el fuerte que le trajeron los reyes con todos los indios y los soldados del Séptimo de Caballería, y se lo cambia por su dragón teledirigido. Ya de vuelta en su habitación, le pone unas pilas carísimas pero que el de la tienda le ha asegurado que son casi eternas, y se pasa la noche aprendiendo a manejarlo.

Al día siguiente, los tres vuelven a las inmediaciones del antiguo zoológico.

Una vez se han asegurado de que el dinosaurio no les está viendo, Laurita saca el dragón de la bolsa donde lo tenía guardado, los niños corren a esconderse detrás de unos rosales, y Laurita empieza a accionar el mando. El dragón se mueve en todas las direcciones, a veces gruñe y otras veces pega gemidos lastimeros.

El dinosaurio no tarda en aparecer. Mira al dragón, se agacha para olerlo, responde a los ronroneos por control remoto con un sonido parecido, y se tira al suelo para jugar con su recién encontrado hijito. Poco después, se internan los dos entre los robles del bosque de las ardillas, seguidos a poca distancia por Laurita, mientras Ernesto y Hugo van al zoológico a recuperar los balones.

Al día siguiente, los niños vuelven a jugar un partido completo, mucho tiempo después del último. Laurita la eterna suplente no está en el campo, pero todos los goles van dedicados a ella.

viernes, marzo 19, 2010

SACRIFICIO

Este es el microcuento con el que he participado esta semana en el concurso "Relatos en cadena", de la Escuela de Escritores y la Cadena Ser. El tamaño máximo es cien palabras, de ahí su concisión.

-¡Imbécil! –brama el dios Ka-Ulta -. ¿Qué es esto que me has traído?

-Oh, mi señor, esto es una riquísima ensalada del chef, con lechuga, tomate, cebolla, apio, unos aguacates, y aliñada con aceite virgen de la mejor calidad –se mueve de un lado a otro Magorz, el sonriente hechicero, mientras agita los brazos.

-¡Me da igual que os hayáis hecho todos vegetarianos! ¡Exijo sacrificios humanos, como antes! ¿Comprendes? ¡Sacrificios humanos!

-Oh, pero qué horror, no…

-¡Es mi última palabra! ¡Lárgate!

-¡A que nos acabamos convirtiendo al cristianismo! –dice el hechicero, justo antes de desaparecer detrás de una roca.

viernes, marzo 12, 2010

EL REGALO

A esas horas, lo único que queda abierto es el gran almacén El tóxico. Que oficialmente tiene otro nombre, o al menos eso dice el enorme rótulo de encima de su puerta principal, pero al que el barrio entero conoce así por los escapes en sus vetustos sistemas de calefacción y aire acondicionado. El tóxico. Y va Carlos y, para redondear la caraja que lleva arrastrando todo el día, tampoco trae la máscara antigás consigo.

Ya notó algo raro en Laura esa mañana, mientras reptaba hacia la ducha con las legañas rozando el suelo, y luego mientras se tomaba su tanque de café de todos los días junto a ella. Una sonrisa de medio lado, con las cejas ligeramente arqueadas, acompañada de un silencio nada típico, que habría resultado hasta agradable si no fuera por los precedentes. Para andar con acertijos estoy yo, pensó cuando, tras una alocada carrera, se integró en la masa humana que, casi entera de pie y agarrada como podía a los postes y a los asientos, luchaba por permanecer viva dentro de las tripas del autobús.


Se dio cuenta horas más tarde, en una de las pausas para café de su trabajo. Es su cumpleaños, claro. Su maldito cumpleaños, y tú que ni la has felicitado ni tienes nada preparado para ella. Como cuando llegues a casa no lleves ningún regalo, te puedes ir preparando. Suerte tendrás si tan solo te cuelga de los meñiques.

Cuando por fin termina su jornada laboral, va corriendo a la única tienda que está abierta a esas horas. El tóxico, y sin máscara antigás. Compra una jaulita con un canario a una gitana que se emperra en leerle la mano, y se interna en el tenebroso interior del almacén. No hay nadie más a la vista que no lleve careta, un guardia de seguridad parece que tiene la cabeza siempre girada hacia él. Lleva una pistola con grandes cachas rojas, como los que Carlos tenía cuando era niño y jugaba a los gangsters.

Recorre las diferentes secciones y las chirriantes escaleras mecánicas sin tener una idea muy clara de qué comprarle a su mujer. Este vestido rojo es bonito, pero no hay de su talla; el año pasado le regaló un jarrón supuestamente chino como ese que está de rebaja y, pese a lo mucho que le gustó, no es plan aparecer ahora con otro; no ve ningún libro que a ella le pueda apetecer y que no tenga ya; y las flores que venden en El tóxico son conocidas en toda la ciudad por ser inodoras, insípidas e incoloras. Casi todo el mundo, vendedores y guardias de seguridad con pistolas de cachas rojas incluidos, lleva caretas antigás, se ven pocos con el rostro descubierta y la jaulita con su correspondiente canario. El suyo pía como si se creyera una estrella de la canción lírica, hasta que le cae una gota de una muestra gratuita de colonia para ejecutivos.

Caballero, usted no puede permanecer aquí, se le encara una máscara negra prolongada en el cuerpo de un vigilante de seguridad. No, no me venga con que si su mujer tal o su mujer cual, porque si hay un escape y no tiene un pájaro que le avise, dígame qué hacemos entonces. No pretenderá usted que nos arriesguemos a que su viuda nos lleve a juicio.

Carlos intenta negociar, le pide tan solo unos minutos para comprar cualquier cosa, lo único que consigue es que el guardia le rodee con su brazo izquierdo y le arrastre hacia la salida. La parte derecha del cuerpo de Carlos se ha quedado aprisionada y, mientras protesta, la mano intenta liberarse y roza la funda de la pistola de grandes cachas rojas. Que se da cuenta de que está abierta.


Llega a casa y entrega el regalo, y la sonrisa de Laura es de las que derriten. Cariño, menuda sorpresa. Siempre quise una pistola como las que tenía cuando era niña, y que usaba para jugar a policías y ladrones. Me daba un poco de vergüenza decírtelo, fíjate qué tontería. ¿Cómo lo supiste? Y yo que pensaba que te habías olvidado de mi cumpleaños.

-Amor mío, espero que no vuelvas a dudar de mí. Esa fecha la tengo grabada aquí dentro -, le responde Carlos señalándose la cabeza, mientras ella cose a balazos el jarrón pretendidamente chino de la estantería.

viernes, febrero 26, 2010

ENSAYOS MUSICALES

Restaurante Nithard, uno de los más exclusivos de la capital. Don Juan Soldevilla, banquero de profesión, coloca los cubiertos encima de su plato de porcelana, dobla su servilleta procurando no dejar a la vista los restos de comida, se excusa ante su mujer, se levanta y se va al cuarto de baño. Cruza la puerta, y se encuentra con unos músicos interpretando una pieza de Haendel.

-Lo siento, pero usted no puede entrar –le recrimina en voz baja el director del conjunto.

-¿Cómo? ¿Me puede explicar qué broma es esta?

-Tenemos la sala cogida. Además, está usted interrumpiendo la concentración de los músicos. ¿No ve cómo están desafinando?

Y a continuación, visiblemente airado, le cierra la puerta en las narices.

-Lo siento, pero tenemos la sala cogida.

Don Juan Soldevilla, banquero de profesión, llama a un camarero, que acude con su librea inmaculada, pajarita incluida.

-Efectivamente, el Grupo de Cámara de San Bernardo cuarenta y tres ha hecho una reserva –y le enseña la página correspondiente al día en curso del libro del restaurante -. No se preocupe, dentro de media hora acabarán, y podrá usted hacer sus necesidades.


-Pero, ¿cómo se permite esto? ¡Es un atropello! –se enerva el banquero Juan Soldevilla.

-Es que la acústica de los lavabos de este establecimiento es inmejorable –se pavonea el camarero –Aquí se han hecho grabaciones hasta de la Deutsche Gramophon.

-¡Pues como si estuvieran Bach, Mozart y Rimsky-Korsakoff ahí dentro! ¡Esto es un cuarto de baño, y aquí la gente viene a mear y a cagar! ¡Yo, cuando voy a la Ópera no dejo mis truños allí, así que exijo reciprocidad!

La cabeza del director del conjunto sale de la puerta, y chista a ambos para que guarden silencio.

Llega el encargado, también con librea inmaculada pero con expresión algo nerviosa, se deshace en disculpas e indica al banquero don Juan Soldevilla cómo ir al cuarto de baño para empleados. Este, mientras encamina sus pulcros pasos hacia allá, se sonríe a sí mismo. Esta situación es esperpéntica, pero al menos he sabido imponerme. Que me vengan a mí con esas, a uno de los ejecutivos del año según la revista “Dinero”.

Cuando llega al cuarto de baño para empleados, se encuentra con dos señoras cantando ópera, quienes le cierran la puerta con gran estrépito.

viernes, febrero 12, 2010

UN BAUTIZO ESPECIAL

No, no puede ser. El párroco no puede estar señalando esa capilla.

Incluso el día del bautizo de Pablito, a Azucena le ha costado horrores meter a su marido dentro de una iglesia. Que no, que yo estoy en contra de esos ritos absurdos, si quieres hacerle esa canallada a nuestro hijo recién nacido pues qué le vamos a hacer, pero conmigo no cuentes para llevar traje y corbata, y menos aún para poner una sonrisa mientras le tiran todo ese agua encima. Ella ha tenido que recurrir a todo su repertorio de chantajes emocionales y amenazas para que él esté allí, con su americana y sus mocasines de estreno y saludando a todos los invitados como si estuviera contento de su presencia.

Azucena estudió en un colegio de monjas y en una universidad a juego, y siempre ha sido de las de misa en domingos y fiestas de guardar. A su familia le sentó fatal que se casara con un militante del partido socialista, hasta el punto de que la bisabuela Yaya, con su sordera, su pelo blanco y su bastón, se fue a dar la vuelta al mundo en globo con tal de perderse la boda. Ahora Azucena está de vuelta en su parroquia de toda la vida, con Pablito y su faldón de mil encajes en sus brazos, y los Quesadilla saludan a Manolo como si fuera uno de ellos. Aunque hasta el marido de izquierdas sabe que todos preferirían que el que llevara el anillo fuera Juan Francisco, el novio de Azucena durante muchos años, y con el que ella se sigue viendo de vez en cuando. Y que ha tenido el detallazo de acudir a la ceremonia, y de estrechar la mano de Manolo como si ambos se cayeran bien.


Aunque se casó en la catedral, Azucena siempre soñó con bautizar a sus hijos entre los mármoles y granitos de la iglesia en que hizo la primera comunión, y en cuyo coro cantó, y se asombra cuando don Serafín, el párroco, le señala una capilla que habitualmente está a oscuras y con la verja cerrada, y dentro de la cual descubre una pila bautismal que no recuerda haber visto nunca allí. Y que no está hecha con la piedra antigua de la de siempre.

-Azu, esta es una especial, para los hijos de los rojos –le cuchichea su madre, que ha pedido explicaciones al sacristán -. Es de latón, y lo peor es que el agua bendita es reciclada.

Pablito rompe a llorar, y su madre reprime unas lágrimas mientras intenta calmarlo. Don Serafín ha cometido el error de vivir en una época que no le corresponde, y las soflamas de sus sermones son a menudo objeto de burla entre los feligreses, pero esto es llevar las cosas demasiado lejos. Para más inri, oye risas entrecortadas procedentes de los invitados, que también deben de haber de haber hecho consultas.

Azucena mira a la bisabuela Yaya, que ha bajado de su globo por un día y está apoyada en su bastón y contemplando embelesada a su berreante nietecito, y decide seguir adelante. Mañana voy a poner una queja en el obispado que se va a enterar este imbécil, chilla para sus adentros. Hacerme esto a mí, cuando los Quesadilla siempre hemos dado muchísimo dinero para las restauraciones artísticas y para los pobres.

Comienza la ceremonia, don Serafín pregunta al matrimonio cómo van a llamar a su hijo y, en esto, se eleva una voz sobre el murmullo del público.

-El niño es mío, así que seré yo quien decida su nombre.

A Azucena no le hace falta volver la cabeza para saber quién es.

-Pero, Juan Francisco, eso no puede ser –responde don Serafín -. Eso es adulterio, es pecado mortal.

-Lo que usted diga, pero el niño es mío.

-Señorita Quesadilla, ¿confirma usted este extremo?

La madre de Azucena le cuchichea que, en toda la iglesia, no hay ninguna otra pila que pueda ser usada para hijos de perdidas.


-Sí, lo confirmo. Padre, he faltado al sexto mandamiento.

La capilla se llena de murmullos y de destellos de flashes. Manolo pega un par de gritos y está a punto de irse a por Juan Francisco, pero una mirada de Azucena y los brazos de sus dos hermanos lo retienen. Don Serafín entabla una conversación en voz baja con el diácono.

Unos minutos más tarde, la comitiva se traslada a la capilla donde está la pila bautismal de mármol. Azucena se siente entre nubes cuando distingue los ángeles de los bajorrelieves, y los santos y Vírgenes de los frescos de las paredes. La ceremonia se reinicia, y a nadie le importa que Manolo se haya ido, y que su corbata, su americana y sus mocasines de estreno estén en el suelo de la iglesia. La bisabuela Yaya ha sacado un pañuelo de su bolso, y lo está llenado de lágrimas en medio de un gran estrépito.

Al fin y al cabo, puede que no sea tan mentira, se sonríe Azucena, mientras cae un chorro de agua cristalina sobre la cabeza de Pablito.

viernes, enero 08, 2010

VISITAS NOCTURNAS

Ese chimpancé era el orgullo de la NASA, y maldita la gracia que nos hacía. Le habían enseñado a manejar los controles de las naves espaciales en las que había viajado alrededor de la Tierra, y conocía los secretos de las computadoras y los sistemas electrónicos de cierre. Y, pese a los ingentes presupuestos que derrochaba en su afán de explorar más allá y antes que los soviéticos, la agencia no tenía dinero para comprarle una hembra de su especie.

El profesor Pinkbutton, bienamado director del centro, le enseñó juguetear con nuestro telescopio como premio tras una de sus proezas y, a partir de entonces, las noches de fin de semana y festivo, Charlie –que es como se llamaba la criaturita -, se levantaba del baobab sintético donde tenía su cama, brincaba por todo el complejo hasta que llegaba al observatorio, orientaba nuestro instrumento de trabajo hacia el zoo, y se pasaba unas cuantas horas observando la jaula de sus congéneres. A la mañana siguiente, aparte de con sus orines, heces y otras emisiones todavía más asquerosas, nos encontrábamos con que nos teníamos que pasar una hora larga recolocando el telescopio, hasta que finalmente lo conseguíamos enfocar hacia el quásar que investigábamos en esa época. Que ya podría haber estado en una posición del firmamento más cercana al zoo.


Nuestras quejas no alteraban el profundo sueño mañanero de Charlie, pero el profesor Pinkbutton acabó por acceder a reunirse con nosotros.

Charlie es un héroe no sólo de los Estados Unidos, sino de todas las personas con un mínimo interés en la ciencia, imagínense el escándalo que se armaría si lo encerráramos entre barrotes. No, no puede ser, continúo sin hacer caso de nuestros intentos de responderle. Comprendo sus objeciones, de hecho yo siempre he sentido una gran empatía con el personal de Astronomía, los olvidados dentro de la NASA pese a la importantísima labor que realizan; no obstante, tenemos que gastar hasta el último centavo del presupuesto en la carrera espacial contra los comunistas, y su sugerencia de que le compremos una mona que le haga compañía es, si me permiten el calificativo, antiamericana. Buenas tardes, caballeros, y les animo a que sigan con su estupenda labor por nuestro país y nuestro presidente.

Las pocas tiendas de animales que tenían hembras de chimpancé eran carísimas, así que nos juntamos entre todos y le compramos un disfraz a Matilda, la señora de la limpieza más diminuta del centro.

La siguiente noche que Charlie fue a visitar el observatorio, se encontró con una bestia peluda que estaba fregando el suelo y canturreando canciones country. Pegó un par de brincos, se acercó a ella, la olió, y se puso a chillar como un poseso mientras le arrancaba el disfraz a tiras. Tuve que entrar corriendo –habíamos celebrado un sorteo, para ver quién se quedaba ese sábado vigilando, y yo había sido el agraciado-, con una jeringuilla de sedante en la mano.


Matilda tuvo que ser trasladada a otra unidad, y a nosotros nos cayó una bronca de las que hacen época, pero, poco a poco, la normalidad volvió a nuestro departamento.
Todos los días después de fines de semana y festivo, nos encontrábamos con los orines, heces y otras emisiones todavía más asquerosas de Charlie. Sin embargo, hubo un cambio con respecto a la situación anterior. Ahora el chimpancé no orientaba el telescopio hacia el zoo, sino hacia el club “Lovely”, señalado por neones rojos y frecuentado sólo por hombres. Y que, por otra parte, estaba en una posición mucho más cercana al quásar que investigábamos en esa época.

Así daba gusto trabajar.

jueves, diciembre 24, 2009

RECETAS DE COCINA

Estaba haciendo una cazuelita de pectorales a la juliana cuando vi ese programa en el televisor de la cocina. Es el plato favorito de Gustavo, mi marido, con sus puerros, sus cebollitas, sus zanahorias, el caldito que antes he preparado aparte, su chorrito de vino blanco, y esos trozos de carne bien troceaditos. Aunque hay quien no está de acuerdo, para mí los mejores son los de hombre de raza eslava. El regustillo a vodka que tienen combina muy bien con los demás ingredientes, no como en los orientales, que saben a arroz tres delicias, o los africanos, a los que se le nota mucho su alimentación a base de ñu y hojas de baobab. En cualquier caso, sea por lo bien que elijo en la carnicería o por otras cosas, Gustavo, mi marido, me dice a menudo que, si sigue enamorado de mí, es por cómo cocino y, cuando tenemos invitados, estos siempre se entusiasman con mis platos.

También vieron el programa Paqui, Celia y Gertru, y también ellas se quedaron patidifusas.


Tanto ir al gimnasio para intentar reducir nuestras lorzas y celulitis, y resulta que el problema estaba en nuestra dieta. La carne humana, explicaba un locutor muy apetitoso, acompañado de muchas gráficas y algún vídeo, proporciona un aporte calórico desmesurado para los individuos de su misma especie, aparte de hacer que aumente el nivel de colesterol y la probabilidad de coger alguna enfermedad extraña, del estilo de la de las vacas locas. Los caníbales, proseguía el busto parlante, no sólo tienen una vidas más cortas que las de la gente con regímenes alimenticios normales, sino que son mucho más feos y barrigudos.

Claro, por eso la ropa nos sienta mucho peor que a las mujeres que comen carne de bicho, me dijo Gertru, cuando acto seguido lo comentamos por teléfono. Tanto esnobearlas por rebajarse a tragar semejante basura, tanto alejarnos de sus carnicerías repletas de productos hormonados, y resulta que, después de todo, tienen razón. Pues vaya gracia, Mari Conchi.

A ver qué hacemos. Porque como les pongamos en sus platos carne procedente de músculos no humanos, nuestros maridos se van a dar cuenta. Anda, para eso nos hemos pasado años educándoles el paladar, y sus madres antes que nosotras. Y entonces, nos podemos ir preparando para las charlas que nos van a dar. Que si no podemos caer en la barbarie, que si nuestra misión ecológica de acabar con los excedentes de población, que si nuestra querida diversidad cultural, mantenida a lo largo de siglos… No lo quiero ni pensar.

Al no ver otra solución, continuamos preparando nuestros malsanos asados, potajes y guisos, siempre con un chorrito de vino y un pellizco de sal, y a veces con unos pimientitos o unos champiñones salteados. Nuestros maridos seguían saboreándolos entusiasmados, mientras nosotras nos mirábamos las cartucheras. Que seguían creciendo, pese a las horas de gimnasio y las carreras en el parque.

Hasta que, un sábado en que los angelitos habían bajado todos a un bar a ver el fútbol y nosotras habíamos quedado en casa de Paqui, sonó el teléfono de Celia y era su amiga Reme. Que estaba indignada.


Harta ya de la situación, había cogido el brazo izquierdo de un espantapájaros, lo había horneado un poco, y le había echado salsa barbacoa encima. Y su Aurelio no había notado la diferencia, lo había engullido de la misma manera que los platos habituales, y luego se había tomado la misma copita de orujo acompañada del mismo cigarrillo. Hasta la había felicitado de lo bien que le había salido, y del regustillo a esquimal tan bueno que tenía.

Nosotras no nos lo creímos en un principio, pero preparamos la receta para las siguientes cenas, y las reacciones de nuestros maridos fueron del mismo estilo. Cariño, esto que has cocinado es delicioso, aplaude a los de la carnicería por tener una materia prima tan estupenda. Bueno, me voy al salón, así que, cuando puedas, me traes el Marca y la copa de pacharán. Qué bien me das de comer, amor mío.

Mañana hay de nuevo partido, y hemos quedado Paqui, Celia, Gertru y yo. A ver qué ingrediente pensamos, que no deje rastro para cuando la policía investigue las muertes.

viernes, noviembre 27, 2009

LA ÚLTIMA VISITA

Esta es una nueva versión de un cuento que ya publiqué en el blog (concretamente, este), así que, lo mismo, a algunos os suena.

Ya había caído la tarde cuando una dulce voz de mujer sacó al profesor Osvald, director del Museo Arqueológico de Ullevia, de su ensimismamiento. Era Inga, la maestra de lo que quedaba del colegio público.

Los tanques y los soldados, y el zumbido de los bombarderos, por fin habían dejado la ciudad, pero esta era montones de escombros, y personas de todas las edades mirando atónitas las ruinas de lo que habían sido sus casas. La población civil había sido evacuada antes de los comabtes, y el profesor Osvald se había pasado las últimas semanas en casa de su hermano, llorando en silencio cada vez que veía las imágenes de la televisión.


El Museo Arqueológico, con su impresionante colección de estatuas griegas y romanas, había sido una de las joyas de Ullevia, antes de la guerra. Ahora, la planta superior era cascotes, vigas rotas y tuberías retorcidas, y lo poco que quedaba del techo amenazaba caída. El piso de abajo estaba mejor, aunque las bombas habían abierto numerosos boquetes, y Osvald llegó a imaginarse las estatuas de nuevo en sus puestos, y el público admirándolas y olvidándose, durante unos preciosos minutos, de la barbarie. El sueño murió cuando regresaron los conservadores que había mandado al sótano.

Muy poco quedaba de los tesoros que habían guardado allí. Miembros de bronce y mármol cosidos a balazos, restos de cabezas sin narices ni orejas, fragmentos de vasijas, papiros quemados, esquirlas de materiales nobles imposibles de clasificar. El resto había desaparecido. De las estatuas de Alejandro Magno, Ulises, Minerva y Trajano, que en otra época habían dado tanto prestigio al museo, sólo quedaba el recuerdo.

El profesor Osvald fue a su antiguo despacho, donde le habían colocado los restos de una mesa y una silla, y cuando por fin estuvo solo escondió la cara entre sus manos. Y así estuvo hasta que la dulce voz de Inga le sacó de las tinieblas.

Antes de la guerra, las risas y correrías de sus niños habían alegrado a menudo las venerables salas del lugar, y ella había venido a ver si podría traerlos de nuevo. Vestía de negro y el anillo de casada ya no estaba en su mano. Su amplia sonrisa de entonces era ahora un trazo leve y sin brillo.

El profesor no pudo contarle la verdad, y quedaron que la visita sería el miércoles siguiente.

No tardó el gobierno en mandar la orden de cierre. La planta baja del museo se convertiría en una dependencia ministerial, una oficina de algo relacionado con la recaudación de impuestos. El profesor Osvald reunió a los guardianes, conservadores y administrativos, y les contó la noticia. Fue tan triste como había previsto. El desalojo sería el viernes de la semana siguiente, hasta entonces dispondrían de un poco de tiempo para despedirse de la que había sido su casa.

El lunes estuvo pensando en la visita de la clase de de Inga, y llamó de nuevo a los empleados. Los necesitaba a todos para llevar una idea loca adelante.


Dos días más tarde, las salas de la planta baja del museo se llenaron de nuevo con los grititos y los juegos de los niños. Estaban más delgados pero correteaban entre las estatuas igual que antes, mientras Inga las miraba entre divertida y emocionada, y contaba historias de Alejandro Magno, Ulises, Minerva y Trajano, de las misma manera que en los tiempos felices. El profesor Osvald, irreconocible dentro de varias capas de maquillaje y de unas telas pintadas de bronce, lo pasaba mal para permanecer inmóvil encima de la caja que tenía como pedestal, con un brazo en alto y otro sujetando una lira a la manera del emperador Nerón, pero era un sufrimiento que vaya si merecía la pena. Un niño se quedó mirándolo, con los ojos redondos, otros estuvieron minutos delante del gordo Lars, que había sido escogido por sus bucles dorados para hacer de Alejandro Magno, de Susan, que recreaba una Venus que antiguamente no había tenido brazos, o del desgarbado Gus, que amenazaba truenos desde su pedestal de Zeus. Justo antes de dar la visita por terminada, Inga se acercó a la estatua de Nerón, y en voz casi inaudible le dio las gracias. Le faltaba muy poco para echarse a llorar.

Esa noche, el gordo Lars se trajo unas botellas de licor de su casa, que habían sobrevivido milagrosamente la guerra, y todos los empleados del museo se emborracharon. Incluso el profesor Osvald, que era abstemio.


viernes, octubre 30, 2009

EL MALDITO PSICOTÉCNICO

Las puertas batientes de la Taberna de la calavera rota se abren de repente, y los parroquianos escudriñan al recién llegado a través de la atmósfera de fritanga y tabaco de pipa. Un loro aletea sobre el hombro de su dueño, un cuervo negro grazna una canción de muertos y tesoros. El recién llegado no desentona con el ambiente, tiene el rostro cosido a cicatrices y sus brazos están formados por músculos y tatuajes. Los parroquianos vuelven a sus bebidas mientras el recién llegado se dirige a la barra.

-¿Qué tal, Flint? –le saluda el viejo Ben, el dueño de la taberna-. ¿Cómo te va con la oposición?

-¡Me han vuelto a tirar en el psicotécnico! –Flint golpea un taburete con su pata de palo -. ¡Es inútil, nunca conseguiré dejar mi maldito bote pesquero!

-No lo entiendo, con lo bien preparado que ibas.

-¡Me sé el código de los hermanos de la costa al dedillo, domino las técnicas de abordaje, te puedo recitar de carrerilla todos los ríos de la Isla Tortuga, y soy el mejor en esgrima con alfanje! ¡Para esto!



-Y dicen que el año que viene sacarán menos plazas de pirata –eleva su cavernosa voz el capitán Coffin-. Por la crisis, dicen.

Un murmullo de reprobación se une a los graznidos de las aves de compañía. Qué poco se valora a los bucaneros hoy en día, con lo importantes que éramos en los tiempos del viejo rey, a dónde vamos a llegar, menudo desastre, ya verás tú cómo ahora pretenden quitarnos los trienios. El tuerto Patch se levanta de su asiento y da una palmada a la espalda de Flint.

-Vamos, grumete, dime lo que quieres que yo invito.

-Un zumo de melocotón, por favor.

Se hace el silencio en la Taberna de la Calavera Rota. Los parroquianos giran sus rostros hacia el recién llegado, quien hace como que tiene la mirada fija en los timones de la pared.

viernes, octubre 09, 2009

UN ANIMAL EN LA BAÑERA

Ramón cree que está todavía en el mundo de los sueños cuando se encuentra con ese hipopótamo. El zumbido del despertador-torturador ha sido tan irritante como siempre, y él arrastra los pies igual que las demás infames madrugadas de día laborable, pero esta vez le es imposible quitarse las legañas y empezar a ser persona bajo un chorro salvador de agua caliente. Y no porque tenga dificultad alguna en cruzar la puerta del cuarto de baño, ni en acceder al lavabo ni al retrete, sino porque la bañera está ocupada por un paquidermo que chapotea en el agua y que tiene un aspecto de lo más feliz, y al que Ramón no conoce de nada.


-No te preocupes, es de lo más pacífico –le explica su compañero de piso, que trabaja en un club de tenis donde tiene todas las duchas a su disposición-. Si le dejas estar a sus anchas, es un amor, incluso se deja acariciar. Toca, toca, ya verás qué piel más suave.

Ramón roza con los dedos al animal y, mientras, su compañero de piso le explica que lo tenía en la piscina municipal, pero que la han cerrado al haberse acabado el verano y que lo ha traído a casa, claro. El animal emite un gruñido que parece un ronroneo, y el compañero mira a Ramón con una expresión angelical. Este no tiene muchas ganas de devolver la sonrisa: estaría encantado de alojar al bicho si el piso tuviera un segundo cuarto de baño, donde él pudiera quitarse ese olor corporal que está tan mal visto en el banco donde trabaja. Pero esa premisa no se cumple.

Vacía un bote de desodorante antes de vestirse. Algo le dice que no será suficiente.

A la vuelta, con una regañina de su jefe en el cuerpo, Ramón se encuentra con su vecina de abajo, quien se queja de unas humedades que le han surgido en el techo. Insiste tanto que no le queda más remedio que dejarla entrar en su cuarto de baño, ella se queda fascinada al ver al hipopótamo chapoteador. Es zoóloga.

No, no puede dejar a Ramón usar su ducha. Qué iban a pensar su esposo y los demás habitantes del bloque. Por Dios.

La vecina viene todos los días a estudiar las costumbres del animalito, y le suele traer juguetes acuáticos. De vez en cuando comenta que las humedades están aumentando a pasos agigantados, pero ya no es en tono de protesta. Es bizca, tiene tipo de armario y su voz parece la de un grajo, pero Ramón necesita tanto su ducha que le resulta atractiva. Le envía tórridos mensajes de amor, cajas de golosinas integrales y hasta un perfume que recuerda a la sabana africana. Su pasión aumenta de manera proporcional a las broncas de su jefe.


Una noche de lluvia, Ramón vuelve del trabajo y se encuentra con su piso hecho una ruina. El suelo del lavabo ya no está, y Ramón ve al hipopótamo chapoteando en la bañera de la zóologa, entre un montón de escombros que no parecen molestar lo más mínimo. La vecina está desafinando una canción a su nueva mascota, que hace divertidas cabriolas dentro de su baño de espuma.

Ramón sonríe. Si aguanta en el trabajo hasta el final de la reconstrucción, volverá a la oficina limpio y sin apestar a desodorante y, quién sabe, puede que su jefe le deje de gritar.

Tenía un ramo de flores preparado para su vecina. Se lo guarda y, unos días más tarde, lo arroja por el hueco al hipopótamo, quien se lo come sin apenas saborearlo.

Creative Commons License
Los textos de este blog obra están bajo una licencia de Creative Commons.