miércoles, marzo 15, 2017

REVOLUCIÓN GASTRONÓMICA


sábado, enero 21, 2017

UN FANTASMA DE PESO


viernes, enero 06, 2017

LA CANASTA DEL HORROR


domingo, diciembre 18, 2016

INSOMNIO

Insomnio de fin de semana (Weekend insomnia), una aventura en dos episodios:
Episodio I (Friday on my mind): noche del viernes, tengo una cena de navidad con compañeros de impro. Salimos del restaurante a las tres, me despido de la gente, y voy andando tranquilamente a Moncloa, pensando en coger el autobús de las cuatro menos cuarto de la mañana. Cuando llego, me doy cuenta estupefacto de que me hecho un lío con los horarios, que el autobús para Majadahonda hace diez minutos que salió -si llego a haber impreso un ritmo más vivo a mi caminar, lo habría cogido-, y que el autobús que me dispongo a coger también me dejará en casa, pero pasando antes por Pozuelo, La Almunia de Doña Godina, Moenchengladbach, Timbuctú y las ruinas de Barad-dûr. Cuando llego a mi pueblo, observo encantado que los comercios empiezan a abrir sus puertas.
Episodio II (Saturday night fever): estoy en un maratón de impro que termina a las tres y media de la mañana (en el que por cierto, llevo a cabo mi viejo sueño de salir a escena haciendo de volcán en erupción). Para evitarme las cuitas con el transporte público del episodio anterior, he dejado el coche cerca (no en el templo de Debod, como fue mi costumbre durante años). Voy al coche, entro encantado en la carretera de La Coruña, pensando en la proximidad de mis sábanas y almohada, y al principio no hago mucho caso a los carteles que me advierten de que puede haber un problema más adelante, y que vaya despacio. Pero poco a poco el tráfico empieza a hacerse más denso, hasta que finalmente mi sueño de acabar en la cama se ve aplazado indefinidamente por un tapón en que se avanza con velocidad de caracol tripulado por Fernando Alonso. Los tres carriles de la carretera de La Coruña se van paulatinamente comprimiendo en uno, y tras varias horas formando parte de este interesante fenómeno observo que el motivo es que la Guardia Civil ha tenido a bien deleitarnos con un control de alcoholemia. Doy cero porque no me acercado a nada etílico en las últimas veinticuatro horas, pero miro el reloj y calculo que, con el tiempo que ha pasado desde que salí del maratón, de haber vaciado las destilerías DYC y la mitad de las de Johnnie Walker también habría obtenido el mismo resultado. Cuando finalmente llego a mi barrio, observo jubiloso cómo la gente se congrega en las iglesias con el fin de participar en los ritos dominicales.

jueves, diciembre 01, 2016

ATLETISMO URBANO


miércoles, noviembre 16, 2016

MANICURA MEDIEVAL


jueves, octubre 27, 2016

¿COMIDA SANA?


lunes, septiembre 19, 2016

GOLF AUSTRAL


jueves, julio 28, 2016

ROMANTICISMO INDIO


sábado, julio 09, 2016

CUIDANDO LA ALIMENTACIÓN


viernes, junio 24, 2016

LA INQUISICIÓN ESPAÑOLA


sábado, junio 11, 2016

MÚSICA PIRATA


lunes, mayo 02, 2016

EL FABULOSO MUNDO DEL CIRCO


viernes, marzo 25, 2016

WIMBLEDON

Otro de mis dibujos de toda la vida, y que todavía no había publicado aquí.

martes, febrero 09, 2016

PUENTING MEDIEVAL

Un dibujo que hice hace años y que no me quedó muy allá, y que he retocado un poco.

sábado, noviembre 07, 2015

LA CACERÍA

Un dibujo de hace años, que todavía no había publicado aquí.

sábado, octubre 31, 2015

EL BILLAR EN LA ISLA TORTUGA


sábado, octubre 03, 2015

EMULANDO A GASOL


lunes, julio 27, 2015

PIONEROS DE LA AVIACIÓN


miércoles, junio 17, 2015

BUSCANDO EL TRONO


viernes, abril 17, 2015

DESPEDIDA DE SOLTERO (un monólogo del espacio)

Por favor, no me interprete mal, yo no tengo absolutamente nada en contra del matrimonio. De hecho, estuve casado una vez y, de la misma manera que a usted, mis amigos me organizaron una pequeña despedida de soltero. Sí, señor Hutchinson, aunque estudiara astrofísica en la Universidad de Winnipeg, yo tengo amigos.  ¡Y no todos son programas de ordenador, los hay hasta humanos! Bueno, como le iba diciendo, yo sé lo que son los ritos esos. En mi caso, tomamos unos ponches, fuimos a un local donde había chicas y, cuando apareció una vestida de Barbarella, me desmayé. Sí, no me mire con esa sonrisilla,  los psicólogos de la agencia me dijeron que es una reacción normal. Bueno, volviendo a las despedidas digamos más comunes, incluso he oído hablar de gente a la que le meten en trenes, sin dinero para comprar un billete de retorno. Pero, señor Hutchinson, esto es demasiado.

¡Sí, demasiado, lo suyo no es ni medio normal!  ¡Explíqueme ahora qué voy a hacer con usted! Porque ni se imagine que voy a llamar a la base, y que les voy a decir que me han metido un gilipollas en el módulo de mando. Ni que voy a cambiar la trayectoria ¡ni un solo grado! para que ese gilipollas llegue a la iglesia. ¡Y no me mire con esa cara de pánfilo del espacio! ¿Que no puede vivir sin perderse entre los ojos de su novia, sin rodearla con sus brazos, y sin practicarle cochinadas a la luz de la luna? ¡Pues coja un traje, salga y haga auto-stop! ¡Si tiene suerte, pillará un meteorito que vaya a la Tierra y, si hay más suerte todavía, ese meteorito librará a la Tierra de todos los mentecatos como usted!

Para que se entere, esta misión que usted pretende torpedear ha costado veinte billones de dólares. ¡Sí, billones, con b de beodo bastardo de Baltimore, que es lo que es usted! Y, lo que es más importante, ¡yo llevo años preparándome para esta misión que pretende torpedear! ¡Me costó el matrimonio, especie de tarugo cósmico!   ¡Tuve que elegir entre ella  e ir a Marte, y no dudé porque este era el sueño de mi vida! ¡Y yo la quería muchísimo! ¡Para que se entere, era preciosa! ¡Se parecía a la princesa Amidala!


Así que, querido señor Hutchinson, si quiere contraer matrimonio, lo único que puede hacer es esperar a que regresemos a Houston. Por cierto, creo que se me ha escapado. ¿Le he dicho que mi misión o, mejor dicho, nuestra misión, es establecer una base permanente en Marte? Pero, por favor, no me mire con esa cara, no estoy bromeando. ¿De verdad cree usted que la NASA se va a gastar veinte billones de dólares, con b de barbudo botarate de Boston, para que usted y yo nos hagamos unos “selfies” y clavemos una banderita en el suelo? ¡Eso es imposible! ¡Para que se entere, el contribuyente de los Estados Unidos de América nunca lo permitiría! Así que le recomiendo que haga algo útil y me ayude en mis investigaciones. 

Y, querido señor Hutchinson, si encontramos una bacteria u otra forma de vida en Marte, le prohíbo terminantemente que se case con ella. ¡Y, menos aún, que le hagan una despedida de soltero!

viernes, abril 10, 2015

ECONOMÍA COLABORATIVA


lunes, febrero 24, 2014

BUSCANDO NUEVOS FICHAJES

Humor y baloncesto, y en apenas cuatro minutos. Este vídeo fue grabado en la muestra final de un curso de dramaturgia al que fui. No os lo perdáis, es divertidísimo.


lunes, febrero 17, 2014

MICROTEATRO

Aquí podéis ver los vídeos de mis obras "El hotel de los bichos" y "Trabajo científico", que se representaron el año pasado en La escalera de Jacob.




viernes, abril 16, 2010

EL NIDO DEL MONSTRUO

Los niños juegan al fútbol callados como tumbas de bolsillo. El balón rueda sin que nadie lo pida en voz alta, las jugadas polémicas se resuelven a puñetazos pero sin amenazas previas y, cuando alguien mete un gol, lo celebra mimando alguna obscenidad. Da igual, el dinosaurio arranca desde el seto de laurel nada más empezar el segundo tiempo, carga levantando una nube de polvo hacia el centro del terreno de juego, con el mismo dichoso rugido de siempre y, una vez más, cuando los niños se han ido coge el balón entre sus diminutos brazos, y vuelve sobre sus pasos con toda la calma del mundo.

Y después ya nadie se calla. Nilín hace honor a su nombre y se pone a llorar, Torpedo intenta derribar los árboles con sus zapatillas de último modelo, Cris maldice a los adultos, cuyas reacciones fluctúan entre la risa y la bofetada cuando algún niño intenta convencerlos de la existencia del monstruo del parque, Laurita la eterna suplente arroja su muñeca al suelo. Ernesto es el único que mantiene la calma, se dedica a mirar un aparato verde cuya pantallita está llena de mapas y coordenadas.

Al cabo de unos minutos, hace callar a todo el mundo

-¿Veis esto? –dice, mostrando el artefacto -. Pues coloqué un transmisor en el balón antes del partido, y aquí sale por dónde va.

Toño le grita que miente, Torpedo le arroja una de sus zapatillas de último modelo, por suerte sin que haga blanco. Los demás se quedan callados.

-Voy a ir tras el monstruo –continúa Ernesto -. ¿Quién se viene conmigo?

-¡Yo! –contesta Hugo.

-¡Y yo también! –responde Laurita la eterna suplente.

-¿Nadie más? –Ernesto pone una mueca de burla en su cara -. Anda, que vaya panda de gallinas que sois.

Vuela la otra zapatilla de Torpedo, sin que tampoco esta vez tenga éxito. Los tres niños salen del claro, agitando los brazos y cacareando.

Caminan de puntillas, evitando las hojas secas y las ramitas del suelo y retorciendo el rostro cuando por error pisan una, y su camino les lleva al montón de hierros oxidados, ladrillos rotos y cemento que, según sus padres, es lo que queda de la antigua casa de fieras. Los niños saltan la valla de obras que el ayuntamiento puso hace años, se las arreglan para caer al suelo sin hacer un solo ruido, y reptan entre los cascotes como si fueran guerrilleros de talla mínima. Un gruñido cercano hace que se escondan tras los restos de un muro.

Pasan un tiempo quietos y casi sin atreverse a respirar, y al fin Hugo eleva su cabeza, despacio, muy despacio, hasta que sus ojos llegan a un huequecillo que hay entre dos grietas del muro. Cuando baja, les hace señas a sus amigos para que miren ellos, y se cambia de sitio con Laurita.

Es nada más y nada menos que un nido, la pila de ramitas, hierbas y hojas secas sobre la que está sentada el monstruo es lo mismo, aunque a mucho mayor escala, que lo que los niños están acostumbrados a ver en los árboles y en los documentales de fauna salvaje. Y como sucedáneos de huevos tiene, por increíble que parezca, los balones que el dinosaurio ha ido robando.

-Anda, que qué bicho más pringado –se ríe Ernesto alrededor de cinco minutos más tarde, cuando los tres están los suficientemente lejos del zoológico para poder hablar -. ¿Os habéis fijado cuando se levantaba y miraba los balones, lo triste que se ponía?

-Oye, tú que eres bueno en ciencias –dice Hugo-. Si le salen hijos, ¿qué serían? ¿Del Madrid o del Barça?

-Pues qué queréis, a mí me da pena –responde Laurita.

Poco después, ella lleva a la casa de Edu el fuerte que le trajeron los reyes con todos los indios y los soldados del Séptimo de Caballería, y se lo cambia por su dragón teledirigido. Ya de vuelta en su habitación, le pone unas pilas carísimas pero que el de la tienda le ha asegurado que son casi eternas, y se pasa la noche aprendiendo a manejarlo.

Al día siguiente, los tres vuelven a las inmediaciones del antiguo zoológico.

Una vez se han asegurado de que el dinosaurio no les está viendo, Laurita saca el dragón de la bolsa donde lo tenía guardado, los niños corren a esconderse detrás de unos rosales, y Laurita empieza a accionar el mando. El dragón se mueve en todas las direcciones, a veces gruñe y otras veces pega gemidos lastimeros.

El dinosaurio no tarda en aparecer. Mira al dragón, se agacha para olerlo, responde a los ronroneos por control remoto con un sonido parecido, y se tira al suelo para jugar con su recién encontrado hijito. Poco después, se internan los dos entre los robles del bosque de las ardillas, seguidos a poca distancia por Laurita, mientras Ernesto y Hugo van al zoológico a recuperar los balones.

Al día siguiente, los niños vuelven a jugar un partido completo, mucho tiempo después del último. Laurita la eterna suplente no está en el campo, pero todos los goles van dedicados a ella.

viernes, marzo 19, 2010

SACRIFICIO

Este es el microcuento con el que he participado esta semana en el concurso "Relatos en cadena", de la Escuela de Escritores y la Cadena Ser. El tamaño máximo es cien palabras, de ahí su concisión.

-¡Imbécil! –brama el dios Ka-Ulta -. ¿Qué es esto que me has traído?

-Oh, mi señor, esto es una riquísima ensalada del chef, con lechuga, tomate, cebolla, apio, unos aguacates, y aliñada con aceite virgen de la mejor calidad –se mueve de un lado a otro Magorz, el sonriente hechicero, mientras agita los brazos.

-¡Me da igual que os hayáis hecho todos vegetarianos! ¡Exijo sacrificios humanos, como antes! ¿Comprendes? ¡Sacrificios humanos!

-Oh, pero qué horror, no…

-¡Es mi última palabra! ¡Lárgate!

-¡A que nos acabamos convirtiendo al cristianismo! –dice el hechicero, justo antes de desaparecer detrás de una roca.

viernes, marzo 12, 2010

EL REGALO

A esas horas, lo único que queda abierto es el gran almacén El tóxico. Que oficialmente tiene otro nombre, o al menos eso dice el enorme rótulo de encima de su puerta principal, pero al que el barrio entero conoce así por los escapes en sus vetustos sistemas de calefacción y aire acondicionado. El tóxico. Y va Carlos y, para redondear la caraja que lleva arrastrando todo el día, tampoco trae la máscara antigás consigo.

Ya notó algo raro en Laura esa mañana, mientras reptaba hacia la ducha con las legañas rozando el suelo, y luego mientras se tomaba su tanque de café de todos los días junto a ella. Una sonrisa de medio lado, con las cejas ligeramente arqueadas, acompañada de un silencio nada típico, que habría resultado hasta agradable si no fuera por los precedentes. Para andar con acertijos estoy yo, pensó cuando, tras una alocada carrera, se integró en la masa humana que, casi entera de pie y agarrada como podía a los postes y a los asientos, luchaba por permanecer viva dentro de las tripas del autobús.


Se dio cuenta horas más tarde, en una de las pausas para café de su trabajo. Es su cumpleaños, claro. Su maldito cumpleaños, y tú que ni la has felicitado ni tienes nada preparado para ella. Como cuando llegues a casa no lleves ningún regalo, te puedes ir preparando. Suerte tendrás si tan solo te cuelga de los meñiques.

Cuando por fin termina su jornada laboral, va corriendo a la única tienda que está abierta a esas horas. El tóxico, y sin máscara antigás. Compra una jaulita con un canario a una gitana que se emperra en leerle la mano, y se interna en el tenebroso interior del almacén. No hay nadie más a la vista que no lleve careta, un guardia de seguridad parece que tiene la cabeza siempre girada hacia él. Lleva una pistola con grandes cachas rojas, como los que Carlos tenía cuando era niño y jugaba a los gangsters.

Recorre las diferentes secciones y las chirriantes escaleras mecánicas sin tener una idea muy clara de qué comprarle a su mujer. Este vestido rojo es bonito, pero no hay de su talla; el año pasado le regaló un jarrón supuestamente chino como ese que está de rebaja y, pese a lo mucho que le gustó, no es plan aparecer ahora con otro; no ve ningún libro que a ella le pueda apetecer y que no tenga ya; y las flores que venden en El tóxico son conocidas en toda la ciudad por ser inodoras, insípidas e incoloras. Casi todo el mundo, vendedores y guardias de seguridad con pistolas de cachas rojas incluidos, lleva caretas antigás, se ven pocos con el rostro descubierta y la jaulita con su correspondiente canario. El suyo pía como si se creyera una estrella de la canción lírica, hasta que le cae una gota de una muestra gratuita de colonia para ejecutivos.

Caballero, usted no puede permanecer aquí, se le encara una máscara negra prolongada en el cuerpo de un vigilante de seguridad. No, no me venga con que si su mujer tal o su mujer cual, porque si hay un escape y no tiene un pájaro que le avise, dígame qué hacemos entonces. No pretenderá usted que nos arriesguemos a que su viuda nos lleve a juicio.

Carlos intenta negociar, le pide tan solo unos minutos para comprar cualquier cosa, lo único que consigue es que el guardia le rodee con su brazo izquierdo y le arrastre hacia la salida. La parte derecha del cuerpo de Carlos se ha quedado aprisionada y, mientras protesta, la mano intenta liberarse y roza la funda de la pistola de grandes cachas rojas. Que se da cuenta de que está abierta.


Llega a casa y entrega el regalo, y la sonrisa de Laura es de las que derriten. Cariño, menuda sorpresa. Siempre quise una pistola como las que tenía cuando era niña, y que usaba para jugar a policías y ladrones. Me daba un poco de vergüenza decírtelo, fíjate qué tontería. ¿Cómo lo supiste? Y yo que pensaba que te habías olvidado de mi cumpleaños.

-Amor mío, espero que no vuelvas a dudar de mí. Esa fecha la tengo grabada aquí dentro -, le responde Carlos señalándose la cabeza, mientras ella cose a balazos el jarrón pretendidamente chino de la estantería.

viernes, febrero 26, 2010

ENSAYOS MUSICALES

Restaurante Nithard, uno de los más exclusivos de la capital. Don Juan Soldevilla, banquero de profesión, coloca los cubiertos encima de su plato de porcelana, dobla su servilleta procurando no dejar a la vista los restos de comida, se excusa ante su mujer, se levanta y se va al cuarto de baño. Cruza la puerta, y se encuentra con unos músicos interpretando una pieza de Haendel.

-Lo siento, pero usted no puede entrar –le recrimina en voz baja el director del conjunto.

-¿Cómo? ¿Me puede explicar qué broma es esta?

-Tenemos la sala cogida. Además, está usted interrumpiendo la concentración de los músicos. ¿No ve cómo están desafinando?

Y a continuación, visiblemente airado, le cierra la puerta en las narices.

-Lo siento, pero tenemos la sala cogida.

Don Juan Soldevilla, banquero de profesión, llama a un camarero, que acude con su librea inmaculada, pajarita incluida.

-Efectivamente, el Grupo de Cámara de San Bernardo cuarenta y tres ha hecho una reserva –y le enseña la página correspondiente al día en curso del libro del restaurante -. No se preocupe, dentro de media hora acabarán, y podrá usted hacer sus necesidades.


-Pero, ¿cómo se permite esto? ¡Es un atropello! –se enerva el banquero Juan Soldevilla.

-Es que la acústica de los lavabos de este establecimiento es inmejorable –se pavonea el camarero –Aquí se han hecho grabaciones hasta de la Deutsche Gramophon.

-¡Pues como si estuvieran Bach, Mozart y Rimsky-Korsakoff ahí dentro! ¡Esto es un cuarto de baño, y aquí la gente viene a mear y a cagar! ¡Yo, cuando voy a la Ópera no dejo mis truños allí, así que exijo reciprocidad!

La cabeza del director del conjunto sale de la puerta, y chista a ambos para que guarden silencio.

Llega el encargado, también con librea inmaculada pero con expresión algo nerviosa, se deshace en disculpas e indica al banquero don Juan Soldevilla cómo ir al cuarto de baño para empleados. Este, mientras encamina sus pulcros pasos hacia allá, se sonríe a sí mismo. Esta situación es esperpéntica, pero al menos he sabido imponerme. Que me vengan a mí con esas, a uno de los ejecutivos del año según la revista “Dinero”.

Cuando llega al cuarto de baño para empleados, se encuentra con dos señoras cantando ópera, quienes le cierran la puerta con gran estrépito.

viernes, febrero 12, 2010

UN BAUTIZO ESPECIAL

No, no puede ser. El párroco no puede estar señalando esa capilla.

Incluso el día del bautizo de Pablito, a Azucena le ha costado horrores meter a su marido dentro de una iglesia. Que no, que yo estoy en contra de esos ritos absurdos, si quieres hacerle esa canallada a nuestro hijo recién nacido pues qué le vamos a hacer, pero conmigo no cuentes para llevar traje y corbata, y menos aún para poner una sonrisa mientras le tiran todo ese agua encima. Ella ha tenido que recurrir a todo su repertorio de chantajes emocionales y amenazas para que él esté allí, con su americana y sus mocasines de estreno y saludando a todos los invitados como si estuviera contento de su presencia.

Azucena estudió en un colegio de monjas y en una universidad a juego, y siempre ha sido de las de misa en domingos y fiestas de guardar. A su familia le sentó fatal que se casara con un militante del partido socialista, hasta el punto de que la bisabuela Yaya, con su sordera, su pelo blanco y su bastón, se fue a dar la vuelta al mundo en globo con tal de perderse la boda. Ahora Azucena está de vuelta en su parroquia de toda la vida, con Pablito y su faldón de mil encajes en sus brazos, y los Quesadilla saludan a Manolo como si fuera uno de ellos. Aunque hasta el marido de izquierdas sabe que todos preferirían que el que llevara el anillo fuera Juan Francisco, el novio de Azucena durante muchos años, y con el que ella se sigue viendo de vez en cuando. Y que ha tenido el detallazo de acudir a la ceremonia, y de estrechar la mano de Manolo como si ambos se cayeran bien.


Aunque se casó en la catedral, Azucena siempre soñó con bautizar a sus hijos entre los mármoles y granitos de la iglesia en que hizo la primera comunión, y en cuyo coro cantó, y se asombra cuando don Serafín, el párroco, le señala una capilla que habitualmente está a oscuras y con la verja cerrada, y dentro de la cual descubre una pila bautismal que no recuerda haber visto nunca allí. Y que no está hecha con la piedra antigua de la de siempre.

-Azu, esta es una especial, para los hijos de los rojos –le cuchichea su madre, que ha pedido explicaciones al sacristán -. Es de latón, y lo peor es que el agua bendita es reciclada.

Pablito rompe a llorar, y su madre reprime unas lágrimas mientras intenta calmarlo. Don Serafín ha cometido el error de vivir en una época que no le corresponde, y las soflamas de sus sermones son a menudo objeto de burla entre los feligreses, pero esto es llevar las cosas demasiado lejos. Para más inri, oye risas entrecortadas procedentes de los invitados, que también deben de haber de haber hecho consultas.

Azucena mira a la bisabuela Yaya, que ha bajado de su globo por un día y está apoyada en su bastón y contemplando embelesada a su berreante nietecito, y decide seguir adelante. Mañana voy a poner una queja en el obispado que se va a enterar este imbécil, chilla para sus adentros. Hacerme esto a mí, cuando los Quesadilla siempre hemos dado muchísimo dinero para las restauraciones artísticas y para los pobres.

Comienza la ceremonia, don Serafín pregunta al matrimonio cómo van a llamar a su hijo y, en esto, se eleva una voz sobre el murmullo del público.

-El niño es mío, así que seré yo quien decida su nombre.

A Azucena no le hace falta volver la cabeza para saber quién es.

-Pero, Juan Francisco, eso no puede ser –responde don Serafín -. Eso es adulterio, es pecado mortal.

-Lo que usted diga, pero el niño es mío.

-Señorita Quesadilla, ¿confirma usted este extremo?

La madre de Azucena le cuchichea que, en toda la iglesia, no hay ninguna otra pila que pueda ser usada para hijos de perdidas.


-Sí, lo confirmo. Padre, he faltado al sexto mandamiento.

La capilla se llena de murmullos y de destellos de flashes. Manolo pega un par de gritos y está a punto de irse a por Juan Francisco, pero una mirada de Azucena y los brazos de sus dos hermanos lo retienen. Don Serafín entabla una conversación en voz baja con el diácono.

Unos minutos más tarde, la comitiva se traslada a la capilla donde está la pila bautismal de mármol. Azucena se siente entre nubes cuando distingue los ángeles de los bajorrelieves, y los santos y Vírgenes de los frescos de las paredes. La ceremonia se reinicia, y a nadie le importa que Manolo se haya ido, y que su corbata, su americana y sus mocasines de estreno estén en el suelo de la iglesia. La bisabuela Yaya ha sacado un pañuelo de su bolso, y lo está llenado de lágrimas en medio de un gran estrépito.

Al fin y al cabo, puede que no sea tan mentira, se sonríe Azucena, mientras cae un chorro de agua cristalina sobre la cabeza de Pablito.

viernes, enero 08, 2010

VISITAS NOCTURNAS

Ese chimpancé era el orgullo de la NASA, y maldita la gracia que nos hacía. Le habían enseñado a manejar los controles de las naves espaciales en las que había viajado alrededor de la Tierra, y conocía los secretos de las computadoras y los sistemas electrónicos de cierre. Y, pese a los ingentes presupuestos que derrochaba en su afán de explorar más allá y antes que los soviéticos, la agencia no tenía dinero para comprarle una hembra de su especie.

El profesor Pinkbutton, bienamado director del centro, le enseñó juguetear con nuestro telescopio como premio tras una de sus proezas y, a partir de entonces, las noches de fin de semana y festivo, Charlie –que es como se llamaba la criaturita -, se levantaba del baobab sintético donde tenía su cama, brincaba por todo el complejo hasta que llegaba al observatorio, orientaba nuestro instrumento de trabajo hacia el zoo, y se pasaba unas cuantas horas observando la jaula de sus congéneres. A la mañana siguiente, aparte de con sus orines, heces y otras emisiones todavía más asquerosas, nos encontrábamos con que nos teníamos que pasar una hora larga recolocando el telescopio, hasta que finalmente lo conseguíamos enfocar hacia el quásar que investigábamos en esa época. Que ya podría haber estado en una posición del firmamento más cercana al zoo.


Nuestras quejas no alteraban el profundo sueño mañanero de Charlie, pero el profesor Pinkbutton acabó por acceder a reunirse con nosotros.

Charlie es un héroe no sólo de los Estados Unidos, sino de todas las personas con un mínimo interés en la ciencia, imagínense el escándalo que se armaría si lo encerráramos entre barrotes. No, no puede ser, continúo sin hacer caso de nuestros intentos de responderle. Comprendo sus objeciones, de hecho yo siempre he sentido una gran empatía con el personal de Astronomía, los olvidados dentro de la NASA pese a la importantísima labor que realizan; no obstante, tenemos que gastar hasta el último centavo del presupuesto en la carrera espacial contra los comunistas, y su sugerencia de que le compremos una mona que le haga compañía es, si me permiten el calificativo, antiamericana. Buenas tardes, caballeros, y les animo a que sigan con su estupenda labor por nuestro país y nuestro presidente.

Las pocas tiendas de animales que tenían hembras de chimpancé eran carísimas, así que nos juntamos entre todos y le compramos un disfraz a Matilda, la señora de la limpieza más diminuta del centro.

La siguiente noche que Charlie fue a visitar el observatorio, se encontró con una bestia peluda que estaba fregando el suelo y canturreando canciones country. Pegó un par de brincos, se acercó a ella, la olió, y se puso a chillar como un poseso mientras le arrancaba el disfraz a tiras. Tuve que entrar corriendo –habíamos celebrado un sorteo, para ver quién se quedaba ese sábado vigilando, y yo había sido el agraciado-, con una jeringuilla de sedante en la mano.


Matilda tuvo que ser trasladada a otra unidad, y a nosotros nos cayó una bronca de las que hacen época, pero, poco a poco, la normalidad volvió a nuestro departamento.
Todos los días después de fines de semana y festivo, nos encontrábamos con los orines, heces y otras emisiones todavía más asquerosas de Charlie. Sin embargo, hubo un cambio con respecto a la situación anterior. Ahora el chimpancé no orientaba el telescopio hacia el zoo, sino hacia el club “Lovely”, señalado por neones rojos y frecuentado sólo por hombres. Y que, por otra parte, estaba en una posición mucho más cercana al quásar que investigábamos en esa época.

Así daba gusto trabajar.

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