viernes, noviembre 27, 2009

LA ÚLTIMA VISITA

Esta es una nueva versión de un cuento que ya publiqué en el blog (concretamente, este), así que, lo mismo, a algunos os suena.

Ya había caído la tarde cuando una dulce voz de mujer sacó al profesor Osvald, director del Museo Arqueológico de Ullevia, de su ensimismamiento. Era Inga, la maestra de lo que quedaba del colegio público.

Los tanques y los soldados, y el zumbido de los bombarderos, por fin habían dejado la ciudad, pero esta era montones de escombros, y personas de todas las edades mirando atónitas las ruinas de lo que habían sido sus casas. La población civil había sido evacuada antes de los comabtes, y el profesor Osvald se había pasado las últimas semanas en casa de su hermano, llorando en silencio cada vez que veía las imágenes de la televisión.


El Museo Arqueológico, con su impresionante colección de estatuas griegas y romanas, había sido una de las joyas de Ullevia, antes de la guerra. Ahora, la planta superior era cascotes, vigas rotas y tuberías retorcidas, y lo poco que quedaba del techo amenazaba caída. El piso de abajo estaba mejor, aunque las bombas habían abierto numerosos boquetes, y Osvald llegó a imaginarse las estatuas de nuevo en sus puestos, y el público admirándolas y olvidándose, durante unos preciosos minutos, de la barbarie. El sueño murió cuando regresaron los conservadores que había mandado al sótano.

Muy poco quedaba de los tesoros que habían guardado allí. Miembros de bronce y mármol cosidos a balazos, restos de cabezas sin narices ni orejas, fragmentos de vasijas, papiros quemados, esquirlas de materiales nobles imposibles de clasificar. El resto había desaparecido. De las estatuas de Alejandro Magno, Ulises, Minerva y Trajano, que en otra época habían dado tanto prestigio al museo, sólo quedaba el recuerdo.

El profesor Osvald fue a su antiguo despacho, donde le habían colocado los restos de una mesa y una silla, y cuando por fin estuvo solo escondió la cara entre sus manos. Y así estuvo hasta que la dulce voz de Inga le sacó de las tinieblas.

Antes de la guerra, las risas y correrías de sus niños habían alegrado a menudo las venerables salas del lugar, y ella había venido a ver si podría traerlos de nuevo. Vestía de negro y el anillo de casada ya no estaba en su mano. Su amplia sonrisa de entonces era ahora un trazo leve y sin brillo.

El profesor no pudo contarle la verdad, y quedaron que la visita sería el miércoles siguiente.

No tardó el gobierno en mandar la orden de cierre. La planta baja del museo se convertiría en una dependencia ministerial, una oficina de algo relacionado con la recaudación de impuestos. El profesor Osvald reunió a los guardianes, conservadores y administrativos, y les contó la noticia. Fue tan triste como había previsto. El desalojo sería el viernes de la semana siguiente, hasta entonces dispondrían de un poco de tiempo para despedirse de la que había sido su casa.

El lunes estuvo pensando en la visita de la clase de de Inga, y llamó de nuevo a los empleados. Los necesitaba a todos para llevar una idea loca adelante.


Dos días más tarde, las salas de la planta baja del museo se llenaron de nuevo con los grititos y los juegos de los niños. Estaban más delgados pero correteaban entre las estatuas igual que antes, mientras Inga las miraba entre divertida y emocionada, y contaba historias de Alejandro Magno, Ulises, Minerva y Trajano, de las misma manera que en los tiempos felices. El profesor Osvald, irreconocible dentro de varias capas de maquillaje y de unas telas pintadas de bronce, lo pasaba mal para permanecer inmóvil encima de la caja que tenía como pedestal, con un brazo en alto y otro sujetando una lira a la manera del emperador Nerón, pero era un sufrimiento que vaya si merecía la pena. Un niño se quedó mirándolo, con los ojos redondos, otros estuvieron minutos delante del gordo Lars, que había sido escogido por sus bucles dorados para hacer de Alejandro Magno, de Susan, que recreaba una Venus que antiguamente no había tenido brazos, o del desgarbado Gus, que amenazaba truenos desde su pedestal de Zeus. Justo antes de dar la visita por terminada, Inga se acercó a la estatua de Nerón, y en voz casi inaudible le dio las gracias. Le faltaba muy poco para echarse a llorar.

Esa noche, el gordo Lars se trajo unas botellas de licor de su casa, que habían sobrevivido milagrosamente la guerra, y todos los empleados del museo se emborracharon. Incluso el profesor Osvald, que era abstemio.


3 comentarios:

viejecita dijo...

¡Que gozada!
La historia original era bonita, pero ahora, con el alargamiento, con el antes, el como, el quienes, y el después, ahora es Fantástica.

¡¡¡Bravo.!!!
Y no es pasión de madre

Elena dijo...

A mi me parecía estupenda antes, me parece estupenda ahora. Ésta historia va directa a tus cuentos e historias selectas

Xuan dijo...

Qué te voy a decir, amigo, que no te haya dicho ya.

Deberías recopilar relatos e intentar algo grande.

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