lunes, junio 08, 2009

SIRENAS DEL MAR CARIBE

El último cautivo fue empujado hasta el final de la plancha y cayó al agua, uniéndose a sus compañeros que intentaban mantenerse a flote entre las olas. En la cubierta del “Black Skull” nadie se movía, los únicos ojos que no estaban pendientes de las evoluciones de los nadadores eran los del tuerto Flynn, al que su escaso interés por las mujeres hacía que se le pudiera encomendar, con toda confianza, el puesto de vigía. El resto echaba tragos a las botellas de ron que se iban pasando de unas manos a otras, rivalizaba con el loro del capitán en soltar las mayores ordinarieces, y lanzaba besos a las algas y a la espuma.

El viejo Sands, el único aparte del capitán que tenía un catalejo, fue el primero en avistarlas.

-¡Ahí están! ¡Dos en la quinta ola, hacia el nornoroeste, y hay otras tres detrás! ¡Por las barbas de Neptuno, esas son hembras y no las de la Isla Tortuga! –y, con la mano asiendo todavía el catalejo, se tiró al mar y se puso a nadar hacia donde tragaban agua los cautivos. Otros muchos marineros lo secundaron.

Las sirenas se fueron acercando, cinco, siete, once y hasta trece se distinguían ahora desde la cubierta del “Black Skull”. Melenas alborotadas del color del sol, pieles bronceadas, escamas de plata en lugar de caderas y piernas. Igual que las otras veces en que los piratas se las habían encontrado, en las azules aguas del mar de las Antillas.


Igual que las otras veces, las sirenas nadaron hacia donde se encontraban los prisioneros, los reanimaron mediante ardientes besos, los montaron sobre sus suculentas espaldas, y se los llevaron consigo. En cambio, a los bucaneros que, con sus parches en el ojo y sus patas de palo, se habían arrojado al mar, no les hicieron el menor caso. A pesar de lo mucho que suplicaron, a pesar de cómo agitaron sus brazos en todas las direcciones, pese a que nadaron unos cuantos metros detrás de las sirenas, hasta que se quedaron sin resuello y tuvieron que volver cariacontecidos al barco.

Ninguna de las ardides que ideó el capitán Seagrove surtió efecto. Ni el disfrazar a la tripulación de cautivos, ni el amenazar a las sirenas con no arrojar a más prisioneros si seguían ignorando a los marineros del “Black Skull”. Las mujeres del mar se encogían de hombros, tintineaban con sus limpias voces unas palabras despreciativas, y se iban por donde habían venido. Y las joyas, monedas, perlas y telas que los piratas iban acumulando a lo largo de sus fechorías languidecían en la bodega sin que ya nadie las admirara, y las borracheras de ron acababan ahora entre llantos y depresiones.

Un día, el capitán Seagrove ordenó que se echara el ancla, y reunió a todos sus hombres.

-No podemos seguir así. Nos estamos convirtiendo en el hazmerreír de los hermanos de la costa. ¡Cada vez que asomo la cabeza por la Isla Tortuga, todo el mundo me lanza besitos e intenta venderme filtros de amor! ¡Ya nadie ofrece resistencia cuando los abordamos, todo el mundo está encantado de ser prisionero nuestro!

-Pero, ¡es que son tan hermosas! –suspiró “Cuchillo” Bones, uno de los más sanguinarios asesinos de los mares españoles -. Sus ojos son de nácar, sus dientes esmeraldas…


-¡Basta! –gritó el capitán -. ¡Mil rayos, vais a conseguir que quiten el precio que pesa sobre nuestras cabezas! ¡Somos la vergüenza del gremio!

-Igual deberíamos dejarlo –dijo “Arenque” George, el cocinero -. Si nos hacemos pacíficos comerciantes, igual nos apresan otros y nos arrojan al mar.

-¡Por encima de mi cadáver! –rugió el capitán.

Medio año más tarde, lo que antes había sido el “Black Skull” y ahora era el pacífico mercante “Blessed Lily” fue abordado por el feroz pirata Voulezvous. Tras unos segundos de resistencia protocolaria, Seagrove y sus hombres se rindieron, y fueron condenados a caminar por la plancha. “Cuchillo” Bones, “Arenque” George y hasta el propio capitán fingieron caras de pena, y acariciaron sus loros y patas de palo como si fuera la última vez.

Cayeron todos al agua con ejemplar dignidad, se pusieron a chapotear, y rieron como endemoniados cuando el vigía del “Sacrebleu” gritó que se estaban aproximando unas mujeres con cola de pez por estribor. Los marineros del “Blessed Lily”, antiguo “Black Skull”, se pusieron a recitar los versos y galanterías que habían estado aprendiendo, durante meses.


Las sirenas llegaron en unas pocas brazadas a donde estaban, pasaron entre ellos sin aminorar la velocidad y sin dedicarles siquiera una sonrisa, se acercaron al casco del “Sacrebleu”, besaron a sus tripulantes, que al verlas llegar se habían lanzado a las olas como los energúmenos que eran, y se los llevaron sobre sus espaldas en medio de un jolgorio ensordecedor de cánticos en francés. No quedó nadie a bordo del barco pirata.

Tras unos minutos de estupefacción, el capitán Seagrove convocó una asamblea allí mismo, en medio del Océano, y se pusieron a debatir cómo seguirían con sus vidas.

6 comentarios:

viejecita dijo...

¡Pobrecitos piratas!.

Parece que habían aprendido a ser piratas en un curso por correspondencia de los del INEM, y no les habían enseñado lo más importante; Como tratar a las sirenas.

A esas hay que despreciarlas, no hacerles ni caso, incluso taparse los oídos para no oírlas cantar, y es entonces cuando se emperran en lo que les parece una presa difícil.
Eso de estar por ellas sirve con las chicas de tierra adentro, trabajadoras y modositas, pero no con las sirenas.

Borja Echeverría Echeverría dijo...

Jajaj que mala idea tienen las sirenas... Deberían dedicarse a las mujeres que van por tierra.
Un saludo

Esperanza dijo...

Pues contigo, ya os tengo a todos localizados para no perder contacto ;)

Entrespinos dijo...

Kermit, ponte bueno pronto, que mi blog echa de menos tus comentarios, jooooo

Anónimo dijo...

Aqui les dejo una página dedicada a las sirenas

http://www.sirenas-del-mar.es.tl

Las Sirenas del Mar dijo...

Las sirenas del mar

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