lunes, mayo 04, 2009

FOTOS DE CARNET

El fotomatón le resulta algo extraño, hay tocas y alzacuellos entre la galería de rostros sonrientes de la publicidad, pero es domingo por la noche, no hay más en el barrio y Roberto tiene que sacarse unas fotos ya. Típico de mí, no darme cuenta hasta hoy de que el pasaporte está caducado, se dice mientras se mete dentro y corre la cortinilla. En fin, mañana me levanto rayando el alba para ir a la comisaría, me lo hacen en un momento, y podré coger el avión de las diez para Nueva York. Menos mal que se me ocurrió comprobarlo, antes de preparar la maleta.

Roberto echa unas monedas, y mira distraído la pantalla. No creo que el trasto este me saque ni medio bien, pero no importa. Estaría gracioso que los de aduanas me prohibieran la entrada por eso, y me perdiera la ceremonia de graduación de Andrea. Sí, tronchante, y prefiere no imaginar la cólera de su hija, ni las sonrisas condescendientes de su ex-mujer y del lerdo con el que vive ahora.


-Ave María purísima –dice una voz que parece proceder de la pantalla.

A Roberto le falta poco para contestar sin pecado concebida.

-Bueno, hijo, ¿en qué has pecado últimamente?

-¿Cómo? ¿Es a mí?

-No veo a nadie más aquí. A ver, empieza: “bendígame, padre, porque he pecado”.

-¿Qué clase de broma es esta? –Roberto peina el interior de la cabina con la mirada, no encuentra ninguna cámara oculta -. Oiga, yo he venido aquí a sacarme unas fotos.

-Claro, y a confesarte.

-Las narices. Yo soy agnóstico, así que va a ser que no. Por favor, haga su trabajo, que mañana tengo que renovarme el pasaporte sin falta.

-Vaya, qué contrariedad. En este fotomatón, la penitencia previa es un requisito indispensable. A ver, hijo, ¿has faltado al sexto mandamiento?

Roberto mira una placa con las instrucciones de uso, y comprueba que lo que le dice la voz es cierto. Maldita sea, no haberme dado cuenta ayer, o antes de ayer, me habría ido al estudio de Mariano y tendría el problema resuelto. Mierda, por qué las tiendas no abrirán en domingo.

-Ay, se me ha olvidado. Antes de que empieces, mira, tienes un aparatito debajo del asiento. Sí, ahí, cógelo. Ahora ponte el guante en la mano derecha. No te preocupes, es de talla universal.

-Pero, ¿qué es esto? –pregunta Roberto, encolerizado -. Oiga, sáqueme las fotos, y déjese de tonterías.

-Ah, nada, un poligrafito. Es que no eres consciente de los embustes que nos intentan colocar algunos. ¿Sabes, hijo?, el otro día un joven me dijo que había matado al caballo blanco de Santiago. Qué picaruelo, je je.

-¡No tengo la menor intención de ponérmelo! ¡Esto es un atropello!

-Pues a ver dónde te vas a poder hacértelas. A ver, hay una dentro del Carrefour, pero lo domingos cierran… Mmmm, me suena que la cabina que había en Colón la quitaron…

Roberto recuerda la cara de sardónico desprecio de su ex–mujer la última vez que él tuvo un despiste, no puede permitirse faltar a la ceremonia de graduación de Andrea. No hay otra solución que ceñirse el guante.

-Bendígame, padre, porque he pecado- murmura entre dientes.

El detector es asombrosamente efectivo, no deja escapar ni una sola mentirijilla u omisión, y sus pitidos son de lo más irritantes. Roberto se ve obligado a enumerar todas las faltas a los mandamientos que ha cometido, casi desde la primera comunión. El calvario dura una hora, que parece la Vida Eterna.


Terminada la confesión, la pantalla suelta cuatro destellos, y Roberto siente un gran alivio.

Abandona de la cabina, y espera que aparezcan las fotos por la ranura de salida. Y, casi al instante, vuelve al interior con la tira, y con las venas del cuello hinchadas.

-¿Qué es esto? ¡Aquí no hay fotos, me ha puesto las oraciones que tengo que rezar!

-Ay, sí, hijo. Es que las voy a pegar en el informe que voy a mandar a tu parroquia. Menos mal que has venido porque, con tu historial, te ibas derechito al Infierno.

Roberto sale de nuevo, y se pone a pegar patadas a las paredes de la máquina. Suelta horribles improperios. Al sexto, se abre una portezuela en la parte de atrás, y surge un cura con sotana y porra eléctrica.

-Ah, qué gusto. Cada vez es más divertido, esto de salvar almas– Roberto oye la voz del sacerdote lejana, como entre brumas, mientras él se retuerce en el suelo e intenta quitarse de encima los voltios que recorren su cuerpo.

3 comentarios:

viejecita dijo...

¡¡¡Sensacional!!!
Lo que yo no sabía es que con las fotos y el pasaporte caducado, te hicieran un pasaporte en el momento.
Y para los USA, que ahora hay que mandar los datos a la embajada 72 horas antes de subirte al avión, y si no lo has hecho no te dejan embarcar...

Jorge J.R. dijo...

Siempre he sabido que esa cortnilla gris de las cabinas escondía algo más. Dios, pero ahora tengo miedo...

Arancha dijo...

No veo la hora de que me toque renovar el D.N.I :D

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