lunes, abril 20, 2009

POR UNA BUENA CAUSA

El cigarrillo estuvo a punto de caérseme de los labios cuando ella entró en la comisaría. Sí, conocía su rostro y sus kilométricas piernas de las revistas que mi mujer escamoteaba de la peluquería, pero una cosa era verla de reojillo en las fotos de una publicación execrable, y otra bien distinta tenerla delante al natural, con las rodillas a tiro de mano audaz, los volúmenes que su vestido de terciopelo rojo dejaba entrever, su cuidadísima melena rubia, sus lentillas del color de la perdición, y el perfume de flores letales con que me acribillaba.

Le indiqué que pasara a mi despacho, haciendo caso omiso a los ceños fruncidos de mis compañeros y, mientras la acompañaba, hice memoria de lo que sabía de ella.
Coral Cagafresa, aunque prefería ser conocida sólo por su nombre de pila. Era hija y heredera única de un riquísimo empresario del sector de la construcción, quien desde muy niña le había consentido todos los caprichos. Ahora iba de novio en novio como quien cambia de camisón, decía insensateces en todos los programas de televisión que se lo permitían y, de vez en cuando, intentaba sacar adelante alguna línea de cosméticos pretendidamente suya, o un disco de música desafinada por ella.

-Bien, señorita Cagafresa, ¿qué puedo hacer por usted?

-Coral, llámame Coral. Inspector…

-Gómez. Lo pone en la puerta. Disculpe, pero no se puede fumar aquí.

La rubia se guardó la pitillera de plata, y ondeó su melena.

-Inspector Gómez, de un tiempo a esta parte, estoy siendo objeto de un acoso incesante por parte de las malvadas monjitas del convento de Santa Piluca.


-Un segundo -busqué entre el revoltijo de mi mesa un cuaderno y un bolígrafo -. Bien, y ahora cuénteme.

-Me sacan fotos a traición, y las venden luego a las revistas. Por su culpa, toda España está enterada de mi vida sentimental. ¿Viste unas en las que estaba besándome con el pocholín del barón Groskartofel? Ay, pues fue la hermana Lucrecia.

-Si, las vi. Pues lo siento, pero…

-¡Esas me las sacaron en la calle, pero hay muchas que no! ¿Te lo puedes creer? A veces escalan la tapia de mi jardín, engatusan a los rotweilers con unas yemitas de su convento, se esconden entre los muebles de mi casa y, para cuando me doy cuenta, ya me han sacado un reportaje en tanga de leopardo. ¿Te gustan los tangas de leopardo, inspectorcín?

-Señorita, le recuerdo que está prohibido fumar en este edificio. Bueno, si de verdad quiere tener el cigarrillo entre los labios, pero sin encenderlo, eso puede.

-Eres tan bueno, Gomecín. ¿Verdad que te vas a portar bien, y me vas a quitar a esas entrometidas de encima?

Un trueno de muchos pasos sacó mis ojos del cruce de piernas de Coral Cagafresa.

-¡Señor inspector, no puede hacer eso! ¡Las misiones de nuestra orden son la única esperanza para los niños del África Tropical, si nos corta la financiación se van a ir todos al Infierno!


Quien decía eso era una religiosa de nariz aguileña, gafas de montura redonda y brazos en agitación continua, que había entrado escoltada por unos diez chiquillos de raza negra. Estos estaban descalzos e iban vestidos con el traje típico de a saber qué tribu salvaje.
-¡Oiga, usted no puede...

Los niños se pusieron a cantar a plena voz, y me ahogaron la frase en la mitad. Hay que reconocer que lo hacían muy bien, las armonías estaban muy conseguidas y no se echaba en falta a ningún instrumento. Ni intenté interrumpirlos.

-Soy sor Micaela, madre superiora del convento de Santa Piluca –dijo la monja, una vez hubo acabado el himno -. Estos niños pertenecen al coro de nuestra misión de Swazilandia, que está de gira por aquí.

-Encantado –contesté.

-Con lo que las revistas nos dan por esas fotos construimos escuelas, hospitales, centros culturales y hasta alguna capillita en honor a nuestra patrona. Señorita, si tuviera algo de caridad cristiana estaría muy orgullosa de lo que está consiguiendo.
Coral Cagafresa intentó responder, se lo impidió un nuevo y angelical cántico.

-¿QUÉ ES ESTE ESTRUENDO? ¡TODO EL MUNDO FUERA DE AQUÍ! –el comisario Fuentecilla, entre cuyas múltiples no se encontraba la sensibilidad musical, entró en el despacho hecho un basilisco, y vació el ambiente de corcheas y pentagramas.
Diez minutos más tarde, allí sólo quedábamos la rubia, sus piernas y yo.

-Gomecito, mira qué buen sabor tiene este cigarrillo, aunque no me dejes encenderlo –puso entre mis labios un pitillo que había estado en los suyos -. ¿Me vas a ayudar contra esas harpías? Ay, eres tan atractivo.

No pude responder, ella me acribillaba con su mirada de mujer fatal y tiraba de mi corbata con su mano derecha.

-Soy muy celosa de mi intimidad. ¿Verdad que lo comprendes?

Sus labios se aproximaron peligrosamente a los míos, me estremecí al sentir el roce y, justo entonces, el súbito destello de un flash me deslumbró el ojo izquierdo.

-¡Ya está! ¡Han quedado los dos de lo más favorecidos!

Fue visto y no visto, la sonriente cabeza de monja desapareció de la ventana y, cuando yo llegué, la religiosa había terminado de bajarse de una escalera de mano que estaba apoyada en la fachada, y corría hacia una vespa, donde la esperaba una compañera. Ninguna de las dos llevaba casco.


-¿Has visto, querido? Esas…

-Señorita Cagafresa, esto cambia radicalmente la situación. Yo soy un hombre casado, y no pienso arriesgar mi matrimonio por usted.

-Pero, pichoncito…

-Ni pichoncito ni nada. Salvo que esté muy equivocado, las monjas me van a hacer chantaje y, en esas condiciones, ya puede imaginarse lo que me voy a esforzar en que le dejen en paz a usted. Así que muchas gracias por su visita, pero tengo muchas cosas que hacer.

La espectacular rubia se levantó de mi mesa y, tras un último ondeo de su melena, partió hacia la salida.

-¡Está usted muy guapa en las fotos de las revistas! –le dije, según cruzaba la puerta de mi despacho- . ¡Ánimo, ya verá como se acostumbra!

3 comentarios:

Xuan dijo...

Jajaja

Una parodia de la literatura policiaca. Genial como siempre.

viejecita dijo...

Por lo menos espero que las monjitas le manden a la pobre Coral C., yemas a tutiplén, aunque probablemente la chica no coma más que lechuga y caviar, para no engordar...

Aunque si se pusiera como una boya, se les terminaría el negocio a las monjitas.

Arancha dijo...

SI lo leyeran las monjas que viven en mi edificio, fliparían!!!!

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