lunes, febrero 23, 2009

UNA HISTORIA DE LA SABANA

Hillary y Claire, las amigas con las que recorría la sabana a bordo de un jeep, no paraban de chillar como colegialas y de llenar carretes y más carretes de elefantes, jirafas, monos y otros bichos que podían encontrarse en cualquier zoo, pero Cindy tenía los ojos puestos en una maravilla muy diferente.

El padre de Cindy era un importante magnate de la electrónica, y ella había llevado desde la cuna una existencia regalada, llena de fiestas, ropa cara, joyas, viajes y champán. A menudo salían fotos suyas en las páginas de la prensa de la carnaza, sorprendida de madrugada saliendo de una discoteca, o caminando bronceada entre la arena de una playa tropical, y los periodistas se escandalizaban de que nunca llevara de la mano al mismo chico. No os impacientéis con ella, decían los carroñeros más benévolos, ahora vuela de flor en flor pero ya caerá rendida ante un hombre de verdad.

Cindy se encaprichó de Mwezi nada más verlo. Era un gigante con una sonrisa de niño y, según conducía el jeep, contaba las leyendas de la sabana con una voz que parecía salir de las entrañas de la tierra. En sus labios, el espíritu del gran baobab, los hombres leopardo que surgían de la noche para llevarse doncellas y los demonios de las colinas Nguru cobraban una viveza que superaba con creces la de los animales, a los que tanto conocía la joven de los documentales del National Geographic. Cindy le clavaba su mirada del color del océano, y colocaba su pierna izquierda justo al lado de la palanca de cambios, cuando presentía que el guía iba a pasar a otra marcha distinta.


Pero, esa noche, Mwezi no accedió a sus deseos. Es usted muy hermosa, señorita Cindy, un sueño por el que cualquier hombre se enfrentaría a la diosa de la muerte. Pero yo es que no soy un hombre. En mi tribu, para pertenecer a la casta de los guerreros y poder gozar de las mujeres, todos los muchachos deben luchar contra el león, armados con la lanza de sus antepasados. Pero los pocos que quedan en nuestras tierras están protegidos por el Gobierno, y la pena por quebrantar la ley es terrible.

La joven supo que Mwezi no mentía y, cuando volvió sola a su habitación, llenó la almohada de lágrimas.

Cuando volvió a California, Cindy visitó a su padre en la fábrica, y le hizo un encargo muy especial.

Unos meses más tarde, el rugido de un león despertó a los habitantes de la aldea de Kioma. Cindy, que había venido de visita y estaba alojada en la gran cabaña del jefe, se levantó de su jergón de paja y vio a la fiera entrar por la calle principal. Un devorador de hombres, distinguió entre el griterío de las mujeres y los niños, una bestia del infierno que nos arrancará el corazón y se llevará nuestras almas. ¿Quién será el cazador que nos salve?

Cindy pidió al jefe que le dejara encargarse del cuerpo, y el jefe accedió. Este salió de la gran cabaña, y poco después los jóvenes se agruparon en torno a él con sus lanzas y sus escudos, y un cántico ritual en sus bocas. El león avanzó hacia ellos, gruñendo y mostrando los colmillos y, a una señal del jefe, recibió una lluvia de proyectiles. Mwezi salió de la formación y hundió su lanza en el cuerpo de la fiera, que se desplomó sobre el suelo y derramó parte de su sangre artificial.

Surgió una camioneta de la maleza, con el logotipo de la empresa del padre de la joven y, mientras la aldea estallaba en júbilo, retiraron discretamente al robot. Cindy se sintió entre cirros, cúmulos y nimbos al sentir las poderosas manos de Mwezi en su cadera, y los labios del guía muy próximos a los suyos.


Cuando la camioneta no había recorrido ni veinte millas, se encontró con una patrulla de guardas de la sabana.

Estos les dieron el alto, inspeccionaron la caja, y encañonaron al conductor y a su acompañante. Les hicieron salir del vehículo con los brazos en alto y, a la primera pregunta del sargento, los tripulantes chillaron que trabajaban a las órdenes de una mujer blanca, a la que podrían encontrar en la aldea de Kioma.

Encontraron a Cindy saliendo de la cabaña de Mwezi, ligera de ropa y con el rostro resplandeciente, y en cuanto las joven vio las esposas contó la verdad. A los guardias les costó creerse que el cadáver era, en realidad, un ingenio artificial, Cindy tuvo que retirar un trozo de melena y enseñarles los circuitos electrónicos para que la soltaran.

Mwezi se quedó desconsolado en cuanto supo del engaño, pero el jefe dijo que los jóvenes habían demostrado su valor, y que a los ojos de los espíritu eran hombres y guerreros.

Cindy y Mwezi volvieron a la cabaña, y sus gritos se oyeron en toda la sabana.

2 comentarios:

viejecita dijo...

Yo quiero un robot así, que limpie el polvo, y haga las camas, y que no se pase la vida en el taller de reparaciones.
Y si es chico, de dos metros de alto, y rubio con ojos azules, mejor.

viejecita dijo...

Aunque fuera moreno, gordo, bajito, y con ojitos coloraos, me conformaría.

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