lunes, diciembre 08, 2008

EL HÉROE DEL MERENDERO

Para Matías, llevar a su familia a la sierra, durante los meses en los que no hacía frío, era un acto casi religioso. Agobiado por el trabajo, por las estrecheces de su hipotecado piso y por los embrutecedores atascos de la ciudad, cada dos sábados, aproximadamente, introducía a su señora, a su madre y a sus tres hijos en el coche, se zambullía en la caravana, se recreaba ante la riquísima variedad de cláxones que exhibían los otros conductores y, por fin, disfrutaba de la paz y la tranquilidad en su merendero favorito. Allí, mientras los niños se integraban en la turbamulta que pendía de los columpios, Matías y su mujer arrastraban las bolsas de provisiones hasta la primera barbacoa libre, y después, animados por los superéxitos que invariablemente sonaban en algún radiocasete, se entregaban al delicioso arte de la cocina campestre.


Tras muchos años de freír chuletas, choricitos, chistorras y morcillitas, Matías había desarrollado una estrecha amistad con los demás adeptos del merendero. Era verdaderamente delicioso, intercambiar leña o pastillas de encendido con sonrientes vecinos de barbacoa, disfrutar en comandita del perfume de las flores y de la grasa ardiendo, e ir luego todos a ver las retransmisiones deportivas en la televisión portátil de Narciso, el zar del merendero. El dueño del todoterreno más potente, del teléfono móvil con más funciones, el que mejor dominaba los secretos de la fritanga, el que se codeaba con famosos más deslumbrantes, y el que mayores proezas sexuales pormenorizaba. Matías ardía en ganas de que alguien le tomara el palacio de invierno y lo fusilara en Ekaterinburgo, pero ni las barricadas ni las banderas rojas aparecían, y el puño izquierdo de Matías se quedaba abierto cuando Narciso se acercaba a impartirle alguna lección.

Los paraísos terrenales suelen tener fecha de caducidad, y este no iba a ser menos. España sufrió, un verano, una atroz plaga de incendios forestales, y las autoridades, incapaces de encontrar a los verdaderos culpables, cargaron el muerto a los domingueros, y les prohibieron hacer fuego hasta en las áreas de descanso.

Y una oscura sombra cayó sobre el merendero. Matías y sus amigos seguían yendo con la misma asiduidad, pero ahora se traían platos cocinados de casa, y algunos incluso cometían el sacrilegio de comprarse pizzas y tortillas industriales. Y no era lo mismo. Se echaba en falta el alegre chisporroteo de las llamas, las rojizas tonalidades de las brasas humeantes, y los tratados que se recitaban unos a otros sobre qué tipos de leña ardían mejor, o la conveniencia o no de usar carbón vegetal para encender los fuegos. El suelo pasó a estar teñido del color del papel de plata, los grandes éxitos de las radiofórmulas perdieron todo su romanticismo, y a las retransmisiones deportivas se les marchitó la épica. Ni siquiera se oía a los pequeños de los columpios gritar como antes, ellos, cuyos lloriqueos y lesiones siempre habían sido la salsa del lugar.


Una aburrida tarde de sol resplandeciente, Matías salió a pasear por el bosque cercano. La ubicua resina de los pinos le pringaba las manos y le ensuciaba la ropa, los excrementos de vaca eran trampas que amenazaban la supervivencia misma de sus pies, los pájaros piaban no se explicaba a santo de qué, y, en esto, llegó a su nariz un gozoso aroma que hacía meses que no percibía. Tras unos instantes de perplejidad, lo identificó sin un asomo de duda. Era de madera quemada.

Matías se abrió camino hacia donde venía ese olor, y vio, en un claro, la espalda de un hombre que cargaba con una mochila, de la cual salía una especie de manguera que escupía fuego. Volvió atropelladamente al merendero, en cuanto recuperó el resuello reunió algunos excursionistas, y sorprendieron al pirómano antes de que hubiera hecho demasiado daño.

Una vez sofocado el incendio, Narciso, que, pese a que acababa de llegar, se había atribuido el mando del destacamento, blandió su teléfono de mil funciones para llamar a la policía. Pero Matías le ordenó que se lo guardara, y explicó a los demás la idea que había tenido.

Minutos más tarde, el pirómano salió corriendo, sin el lanzallamas y con la promesa en los labios de jamás volver a pisar ese bosque.

Y regresaron las sonrisas al área de descanso. Cada sábado, el amante de la naturaleza a quien Matías hubiera designado previamente se vestía de camuflaje, se tiznaba la cara de negro e irrumpía, lanzallamas en mano, en el recinto, profiriendo espantosos alaridos. Los otros excursionistas fingían caras de espanto y se retiraban, dejando casualmente la carne cruda encima de las parrillas, y el supuesto pirómano descargaba los fuegos del infierno sobre las barbacoas. Cuando se iba, las chuletas y los embutidos lucían dorados y churruscaditos, y a los agentes forestales que llegaban, siempre alrededor de media hora más tarde, se les veía frustrados porque no podían poner multa alguna.


Aunque Matías protestaba y decía que seguía siendo el mismo de siempre, en el fondo le encantaba que la gente le dejara la barbacoa con mejores vistas, que le ayudara a su señora y a él a descargar las provisiones desde su coche, y que sus niños tuvieran siempre las mejores sillas en los columpios. Mientras sus recetas para freír chuletas y embutidos se popularizaban, daba gusto ver a Narciso en la lejanía, todavía dueño del coche más potente y de la televisión portátil, pero sin nadie a quien contarle con cuántas personas importantes se codeaba, o la gran cantidad de mujeres con las se había acostado.

Era hermoso, sentirse en comunión con la naturaleza.

2 comentarios:

maria dijo...

¡¡¡Muy bien!!!

elisa dijo...

Se ve que te gustan las venganzas sordas...

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