lunes, noviembre 03, 2008

CIRUGÍA PLÁSTICA

Ya casi no me acuerdo de cuando dormía en un castillo y vivía de la sangre de bellas mujeres. Antes era el rey de la noche y la luna me sonreía, ahora mi ataúd languidece en un trastero, rodeado de jergones, instrumentos médicos, y ropa esterilizada. Y maldigo el día en que se me ocurrió visitar la sección de perfumería de esos grandes almacenes, y esa mujer me roció por sorpresa con esa colonia.

Hecha con esencia de ajos silvestres, con un poco de jazmín y unos toques de bergamota, me explicó con una voz que parecía un chirrido, mientras yo intentaba ocultar los primeros síntomas de la crisis alérgica.

Y mi vida cayó en picado. Tuve que dejar la sangre que tantos placeres me había proporcionado y, tras múltiples pruebas acabadas entre convulsiones, sólo encontré algo que mi cuerpo pudiera digerir. Sí, las grasas, las acumulaciones adiposas en glúteos y abdomen, los fluidos corporales que desde siempre había considerado más repugnantes. Y que aun ahora, cuando llevo años sin probar otra cosa, todavía hay veces en que me producen náuseas.


Los demás vampiros no tardaron en enterarse, me atacaron y me echaron de mi castillo. Tuve que vagar por los parajes más sórdidos, pernocté en escombreras y vertederos, hasta que, un día, vi un cartel anunciador de un centro estético. Fui allí, hablé con el doctor Fundiño, y este me permitió alojarme en su clínica. Y, al poco, me convertí en la mascota del personal, en una atracción de feria de la que sólo dejaban de reírse cuando había que practicar una liposucción.

Años después, una tarde me encontré con la misma dependienta que me había destrozado, delante del mostrador de recepción y comentando que le iban a hacer un arreglo de nariz. Y entonces mis pulmones se quedaron sin aire, mis piernas flaquearon y mi cerebro se llenó de imágenes sangrientas. Y así me quedé, durante unos segundos que parecieron eternos. Luego, una vez repuesto, abandoné discretamente la sala, me encerré en un retrete, y me puse a meditar las diferentes estrategias de venganza.

La operación que se iba a practicar sobre la dependienta era sencilla, salvo imprevistos podría irse luego a su casa. Por tanto, mi única posibilidad sería ponerme ropa quirúrgica –pantalones, bata, gorro y mascarilla-, de la que había en abundancia en el trastero donde dormía, infiltrarme en el quirófano y desfigurarla durante la cirugía. A la vista del doctor Fundiño y de su equipo. Me echarían de la clínica y tendría que volver a la vida errante, a revolcarme en el fango y a tener a ratas y cucarachas como únicas compañeras, pero al menos recuperaría mi dignidad. Aparte de que tampoco sentiría nostalgia de las burlas de los trabajadores, ni de sus continuas bromas a mi costa.


Mientras corría a mi habitación, un paciente ciego se rió de mí. Y entonces me di cuenta de que algo fallaba, de que, por muy bien que me disfrazara, no podría pasar desapercibido en el quirófano.

El olor. Los vampiros, al parecer, desprendemos un fortísimo aroma, muy parecido al de los repollos putrefactos. Y, pese a que en el resto del cuerpo había conseguido más o menos controlarlo, no sucedía así con el aliento, que seguía delatando mi presencia a la legua. Y eso que me lavaba los dientes al levantarme y después de cada comida, probando todos los dentífricos que me llegaban a las manos.

Justo cuando la zozobra empezaba a adueñarse de mí, me encontré con Mariano, un celador con el que me llevaba muy bien, especialmente desde que le había quitado la celulitis a su novia. Llevaba un carrito con unos frascos muy llamativos, de color verde.

-Ey, Dracu, ¿sabes lo que tengo aquí? –me preguntó, con su característica jovialidad.

-Pues no.

-Un enjuague bucal re-volucionario. Según cuentan, no hay mal olor que se le resista. Toma, te dejo que te lleves uno.

Lo probé y, para mi infinito gozo, funcionaba.

Poco después, era uno más dentro del equipo que se disponía a operar a la dependienta. Nadie me había reconocido, y nadie se dio cuenta de cómo, mientras el doctor Fundiño hablaba con sus subordinados, me acercaba a la camilla donde dormía mi víctima. Me incliné sobre su rostro, blandiendo un bisturí…


… y entonces me llegó una vaharada del mismo perfume que, años atrás, me había hecho sucumbir.

-Por amor de Dios, ¿qué está haciendo aquí, Dracu? –me increpó el doctor Fundiño, una vez los enfermeros consiguieron sujetarme.

A lo que respondí contándole mi historia, con todos sus pelos y señales.

-Pues, siendo así, creo que lo mejor será que se vengue –dijo. Y, a continuación, me devolvió el bisturí.

-¿Cómo? ¿Está hablando en serio, doctor?

-La clínica tiene muy buenos abogados. No se preocupe, que a nosotros no nos pasará nada.

Me puse una pinza en la nariz y, alejando lo más posible mi cara de la suya, cumplí mi misión. Y, cuando salí del quirófano, descubrí la singular belleza de las galerías y las salas de espera, y de las plantas de plástico y de los carteles con consejos médicos, e incluso me hicieron gracia las bromas que unos compañeros hicieron a mi costa.

5 comentarios:

Morsa dijo...

Veo, maese, que ciertamente vamos puño a puño recorriendo la misma carretera... un relato sobre la venganza, manteniendo la estructura... ;)

Me ha gustado mucho, tío, el lado obscuro de la naturaleza humana contado con humor draculeño... :)

Anónimo dijo...

Me encanta el concepto de vampiro venido a menos. Sobre todo por una alergia. Elisa.

Anónimo dijo...

Por cierto, lo que lleva en los pies la chica de la foto en blanco y negro ¡¡¿¿son "pinkys"??!! No me esperaba semejante anti-glamour ni en serie Z. Elisa.

maria dijo...

Elisa
Es que en aquella época, con el códogo de moralidad de Holiwood, ninguna chica podía tener los pies desnudos. Podría haber llevado zapatos de tacón, pero edn el contexto no pegaban, y los hubieran considerado también inmorales por fetichistas
María

Anónimo dijo...

Tienes razón, María. ¡¡Viva la inmoralidad si nos libra de los "pinkys"!! Elisa.

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