lunes, septiembre 29, 2008

SIN HOGAR

El último rayo de sol se retira tras la línea del horizonte, y el conde Rengis abre perezosamente un ojo. Se siente extraño al salir de su letargo, nota contusiones en las costillas y en las piernas, y un fuerte dolor de cabeza. Como si me hubiera pasado una manada de caballos por encima, se dice mientras intenta recordar y no lo consigue por qué está así. Anoche estuve con Ana en su habitación, pero su madre estaba profundamente dormida y su marido sigue de viaje. No, nada por ahí, cuando vea al imbécil de Boris le preguntaré, a ver si él me lo puede aclarar.


El conde empuja con los dedos la tapa del ataúd, y se sorprende al ver que pesa más que de costumbre. Tiene que aplicar toda la fuerza de sus brazos y, cuando finalmente consigue abrirla, un clang-clang como de latas cayendo y entrechocándose hiere sus oídos. Y sus ojos se encuentran frente a frente con la asustada mirada de un roedor.

Rengis se incorpora y se queda boquiabierto. En lugar del abovedado techo de su cripta, ahora hay un cielo estrellado. Pero eso no es lo peor. Lo peor es el montón de desperdicios de todo tipo –cascotes, restos putrefactos de comida y podas, envases, metales retorcidos de todo tipo… -en el que se halla ahora sepultado su ataúd. Lo peor es ver, a pocos metros, su piano de cola hecho astillas, y unos jirones de tela que antiguamente formaban parte del retrato de doña Magda, su mujer en los remotos tiempos en los que se desenvolvía en el mundo de los vivos. Lo peor es ver a la rata que tuvo antes delante, y a otras compañeras suyas, encaramarse por la tapicería de muebles que fueron suyos.


El conde adopta la forma de un murciélago, y guiándose por la estrellas llega a su castillo. Y se queda sobrecogido al verlo rodeado por una alambrada, y unos carteles anunciadores por todo el jardín, explicando las bondades de la urbanización que se levantará próximamente en ese lugar. Dos gigantescas grúas, el hierro de cuyos huesos brilla siniestro esa noche de luna, dan fe de que no es una broma lo que está presenciando el conde.

En esto, un deportivo atraviesa a toda velocidad la carretera, y Rengis distingue en él los inconfundibles rasgos de Boris, acompañado de lo que parecen dos despampanantes rubias.

2 comentarios:

Borja Echeverría Echeverría dijo...

Pues con lo mal que está el mundo inmobiliario me extraña que hagan negocio jjj, un saludo.

Thanatos dijo...

Pobre Rengis, parece q el siglo XXI le resultó anacrónico.
Y de q está hecho tu ataúd?

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