lunes, agosto 11, 2008

UNA CURVA FATAL

Curva suave a la derecha, luego una zona de chicanes, una pronunciadísima curva a la la izquierda, seguida de una contracurva y, después, la gigantesca recta de Glenmore, en la que el revolucionario motor del bólido de Luca hará que ponga todavía más tierra de por medio con sus perseguidores. Con las manos sujetando férreamente el volante, la cabeza firmemente embutida dentro de su casco protector, los ojos clavados en la carretera, el joven piloto se permite una sonrisa. Su salida ha sido la de un rayo, el monoplaza devora el asfalto con la furia de un demonio enjaulado, y sus competidores parecen cochecitos de tiovivo a su lado, monigotes multicolores que no hacen sino adornar su cabalgada triunfal. Es la primera vuelta y todavía quedan cincuenta y nueve más, no importa, mientras vuela por el circuito el joven piloto sabe que sólo una calamidad le privará de una demoledora victoria.


Pero el gesto se le tuerce a Luca cuando, a la salida de la última chicane, se encuentra con un comisario blandiendo una bandera amarilla. Mostrando una coordinación admirable, frena en seco mientras amaga un puñetazo al volante con su mano izquierda. Y se le escapa fuego por la boca. Cómo puede estar pasándome esto, brama entre terribles improperios. ¡Si voy primero, no tengo coches por delante, esto no tiene ningún sentido!

Entra en la pronunciadísima curva a la izquierda con una velocidad digna de medalla por urbanidad y, de repente, Luca se golpea los muslos con ambas manos, y suelta una maldición que poco falta para que parta el casco en dos. Y no es para menos.

A la salida de la pronunciadísima curva a la izquierda, el asfalto del circuito se fragmenta en cuatro carriles de aproximadamente la misma achura y, en todos ellos, el paso se ve cortado por una gruesa barrera de metal rojo, y por una cabina de peaje a juego.

-Una libra diecisiete peniques, por favor –es toda la respuesta que Luca obtiene a sus encolerizadas preguntas. El conductor tiene la sensación de que, debajo de su británica máscara de imperturbabilidad, el encargado de la cabina se está riendo de él.

Por supuesto, Luca no lleva encima nada de cambio, ni tampoco una tarjeta de crédito. No es algo que suela hacer, llevar ese tipo de cosas en las carreras. Hasta ahora, nunca las había echado en falta.


Y su furia torna en llanto cuando observa cómo los demás pilotos sí llevan encima las cantidades que les piden, y cómo van pagando tranquilamente y pasando el peaje. Algún compañero llega al extremo de gritarle a Luca que se quite de en medio, que está molestando a los corredores.

Luca llama al jefe de su equipo, y le ordena que se presente urgentemente con todo el cambio que pueda conseguir. Luca no tiene mucha fe de que llegue a tiempo para salvarle de la descalificación.

1 comentarios:

Borja Echeverría Echeverría dijo...

Vaya putada jaj. Este es el tipo de relato que me gusta, con unas gotas de absurdo.
Original, la verda.

Saludos.

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