lunes, junio 09, 2008

CUANDO FUI PERIODISTA

Hace muchos años, me gano la vida como profesor en una asociación de minusválidos. Es un trabajo en el que disfruto como ya no volveré a hacerlo en horario laboral, me divierte dar clase y siento que lo que hago tiene utilidad, no soy un engranaje más de un sistema odioso. El día en que me toque irme será uno de los más tristes de mi vida.

Pero, esa deliciosa tarde de verano, con la chicharra cantando, las puertas y ventanas abiertas de par en par y las corrientes de aire acariciándonos, y el cielo sin un solo vestigio de blanco ni de plomo, aquellos pesares parecen a millones de kilómetros de distancia.


Esa deliciosa tarde de verano, una vez transcurridas las cinco horas de rigor doy por terminada mi clase, intercambio algunas bromas con mis alumnos, me despido de ellos y, en esto, entra en el aula Mayte, mi antigua jefa. Y esta vez no viene a pedirme ayuda para alguna cuestión informática, sino por un asunto radicalmente distinto.

Todos los años, la asociación convoca un premio de investigación sobre discapacidades. Y ese día es la rueda de prensa del jurado, integrado por unas personas tan eminentes que hasta me suena el nombre de alguno de ellos. Pero, me explica Mayte entre risueña y preocupada, ninguno de los medios convocados han acudido al acto.

Y allí es donde llega mi parte. Junto con otros trabajadores de la asociación, necesita que acuda a la biblioteca, convenientemente pertrechado con un cuaderno y algo para escribir, y que atienda la conferencia de prensa de los ilustres. E incluso les haga alguna pregunta, si se me ocurre. Aunque algunos de ellos han visitado mi clase antes, argumenta Mayte, han estado más pendientes de los alumnos que de mí, y hay muy poco peligro de que me reconozcan, y que se den cuenta de que no soy ningún periodista.

Si estoy trabajando en la asociación es gracias a Mayte, no puedo negarme. Entro en la biblioteca y, frente a la mesa del jurado, distingo multitud de caras conocidas. Una señora que ocupa un cargo en la Comunidad de Madrid pregunta a Sonia, una secretaria, de qué medio es, a lo que esta, ni corta ni perezosa, responde que de “El país”. Luego no sabe dónde meterse.


Los sabios tardan una hora en explicar cómo han concedido los premios, tiempo que paso con la mirada fija en ellos y garabateando discretamente unos monigotes. Por lo que veo de soslayo, tampoco mis compañeros están haciendo mucho más. Cuando llega el turno de ruegos y preguntas, todos los improvisados periodistas intercambiamos miradas, y ni una sola palabra sale de nuestras bocas. La señora de la Comunidad agradece la presencia de “El país”, lo que hace que Sonia se ponga todavía más colorada y, finalmente, la situación es salvada por el director general de la asociación, que plantea unas cuestiones muy acertadas a los miembros del jurado.

Cuando, unos minutos más tarde, nos levantamos todos de nuestros asientos, la señora de la Comunidad comienza a desplazarse en la dirección de Sonia. Esta se esconde detrás de Mayte, quien le explica a la señora que Sonia es, en realidad, de un boletín de Colmenar, y que lo de “El país” no es más que una simpática broma privada, que a Sonia se le ha escapado por un lapsus. La sonrisa de la señora es una puñalada.

Poco después, me subo en el coche y cojo la carretera de Colmenar, con rumbo a mi casa. Y, mientras los rayos de un sol amigo me saludan, y mientras los altavoces de la radio me regalan las notas de una electrizante música rock, agradezco al destino que me haya colocado en ese lugar tan divertido. Aunque ese regalo tenga fecha de caducidad.

1 comentarios:

Borja Echeverría Echeverría dijo...

Buena historia jaj, se de gente que se ha hecho pasar por otro para hacer un examen, de una chica que fingió ser la novia de alguién, pero es la primera vez que veo tu caso. Y es que esta bien meterse en otro papel de vez en cuando.

Un saludo

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