lunes, mayo 19, 2008

PIONEROS DEL ESPACIO

La nave espacial Jefferson X se posa sobre la desolada superficie de Ganímedes, y su numerosa tripulación prorrumpe en hurras con acentos de Oregon, Texas y unos cuantos estados más. El comandante Lovett, jefe de la expedición, para los motores, mira embelesado el paisaje por enésima vez, y descorcha una botella de champaña. Mientras los astronautas brindan, la colosal mole de Júpiter se eleva sobre la glacial superficie, iluminado por la fría luz de un Sol que apenas merece ese nombre.

Una vez concluida la celebración, el comandante Lovett y la capitana Hart, su segunda de a bordo, se ponen sus sofisticados trajes, diseñados expresamente para aguantar las duras condiciones del satélite. Tejidos elaborados a base de materiales revolucionarios, ligeros para no reducir en nada la movilidad de los exploradores, pero calculados para contrarrestar el frío ambiental hasta el último grado Fahrenheit, y para cancelar la paupérrima gravedad de Ganímedes, formado en su casi totalidad por hielo. Suelas especiales que hacen que desplazarse sobre el permafrost sea un juego de niños. Sensores integrados en la ropa, calculando continuamente desde la composición de las rocas hasta las coordenadas exactas de los meteoritos más cercanos. Infinitesimales cámaras, con poderosísimas ópticas, dentro de los cascos.


Poco después, el comandante Lovett baja los peldaños de la escala que conduce a la superficie del astro. Eleva el brazo derecho, recoge una enorme bandera con barras y estrellas que le pasa su compañera, y camina unos cuantos metros hacia un la cima de un montículo cercano. Y, en esto, cuando está repasando el discurso que en breve transmitirá a las televisiones, topa de bruces con algo que no esperaba.

-Buenos días. Mire, que es que soy de Cambados, y me he perdido –el recién llegado lleva una ridícula armadura azul celeste y tiene algo parecido a una pecera en la cabeza, pero su aspecto es inequívocamente humano. El comandante Lovett sabe español, y entiende perfectamente las palabras del sujeto. Pero no da crédito.

-Verá usted, es que salí de mi casa el otro día para dar una vuelta, y no sé cómo llegué aquí. La verdad es que ya me dijo Maruxiña que revisara los instrumentos de navegación, que ella los veía muy mal, pero yo no le hice ni caso –continúa el sujeto con su insoportable perorata.


-Y ya que están, ¿podrían llevarme de vuelta a la Tierra? Es que se me rompió la nave durante el aterrizaje, saben ustedes, y si no, no sé qué voy a hacer –la capitana Hart, que acaba de llegar, tiene una sonrisa congelada en los labios. El comandante Lovett reprime, a duras penas, unas lágrimas que amenazan con salir.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno, sí señor, pobres comandante y capitana

Anónimo dijo...

Pst, javier, soy elena, que es eso de censurar comentarios, hombre, y mira que encima era laudatorio, que si no, no sólo no lo apruebas sino que hasta me pones multa y todo

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