lunes, abril 07, 2008

DEPORTES DE RIESGO

-Cuando quieras, cariño.

El príncipe no parece darse cuenta de que la sonrisa que le dedica Rapunzel está desprovista de todo entusiasmo. La joven siempre le agradecerá el haberla sacado de la destartalada torre en la que estuvo confinada, y el haberle liberado de la lúgubre compañía de la bruja que la crió, pero a veces le gustaría tener un novio que no fuera tan excéntrico y tan autista. Y al que no le gustara tantísimo el jugarse el pescuezo.


El sol luce en todo lo alto en una hermosa tarde de primavera, los pájaros describen graciosas cabriolas en el cielo, y el árido y escarpado paisaje montañoso podría resultar hasta romántico en otras circunstancias. A unos veinte metros por debajo de donde están ellos, las aguas de un torrente borbotean alegres entre las rocas, pero Rapunzel no quiere dirigir la mirada allí. A su vértigo habitual se añade un terror que es específico de ese día.

La muchacha comprueba por enésima vez que ella está firmemente sujeta al pretil del puente, e implora al príncipe que haga lo propio con su arnés. Este le promete el mundo con una sonrisa, y acaricia los rollos de trenza que tiene enroscados alrededor de su cadera. Como si eso pudiera tranquilizarla.


Cuando finalmente el príncipe se encarama a la balaustrada y se dispone a dar el salto, Rapunzel cierra los ojos y se pone a rezar en silencio.

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