martes, febrero 19, 2008

EL ESTADIO DEL TERROR

Las gradas desde las que, en un par de horas, varios millares de gargantas nos chillarán e insultarán, están vacías y, mientras echamos un primer vistazo al césped, podemos apreciar el vetusto encanto del estadio de Carrick: las venerables sillas de madera de pino de los fondos y tribunas, tan inclinados estos que, en los partidos, hay tardes en las que casi se puede cortar el aliento del público; la faraónica cubierta verde, con la que un empresario del período de entreguerras se ganó el derecho a sentarse en el sillón presidencial; algunos motivos ornamentales, deliciosamente pasados de moda, en la salida del túnel de vestuarios; un cartel anunciador de un compañía hace mucho tiempo arruinada, que sigue allí por tradición, o tal vez por la nostalgia de algún empleado del club; y un montón de detalles más, de los que estaríamos disfrutando si no presintiéramos lo que nos espera, cuando bajemos a cambiarnos.


El Thunder City lleva más de quince años sin perder un partido jugando como local. Y no porque sus plantillas hayan sido nunca de gran calidad. No, su delantero centro actual es un tanque sin talento, sus extremos no saben regatear, y no ha tenido un portero decente desde que se retiró Tom Coolidge. No, nosotros, en el partido que jugamos en nuestro campo, les metimos cuatro y pudieron ser más. Y no somos precisamente el mejor equipo de la liga.

Dicen que los rivales salen al campo de Carrick acobardados, amedrentados, como si se hubieran dejado el orgullo y algo más en el vestuario, unos peleles vestidos de futbolistas. Y es cierto. Pero lo que nadie se atreve a explicar a la prensa, pesa el miedo de ser tachado de alucinado, es el porqué de ese comportamiento.


Hace siglos, los muros del castillo de Carrick fueron testigos de una tenebrosa historia. La esposa del barón, conocido alquimista, murió durante uno de sus experimentos, y su cadáver desapareció sin dejar rastro. Los aldeanos, encolerizados, entraron a sangre y fuego en el laboratorio, lo arrasaron, encerraron al barón dentro, y tapiaron las puertas y ventanas. Cuentan las leyendas que el barón no interpuso palabra alguna ante las acusaciones, y que no apartaba la vista de una miniatura que tenía de su mujer.

Pasó el tiempo, el castillo fue derribado, y en su lugar se alzó el estadio donde en breve jugaremos. Y, no sé si sería por casualidad, el vestuario de visitantes se construyó en el lugar preciso donde había purgado sus culpas el noble.

El entrenador, con gesto fúnebre, nos dice que es hora de que bajemos. Y yo daría una gran parte de mi sueldo por poder quedarme aquí, en el césped, admirando la arquitectura del viejo campo de Carrick.

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