miércoles, octubre 24, 2007

EL TERROR DE LAS MARISMAS

Nuestras vidas son suspiros, trompeteamos a través de ellas como pálidos destellos destinados a una temprana muerte y a un olvido eterno. Somos simples máquinas de perpetuación de la especie: nacemos, dejamos el estado larvario cuando todavía no hemos tenido tiempo de acostumbrarnos a él, somos fecundadas salvajemente por machos que no nos quieren, y por los que no llegamos a sentir el más mínimo apego emocional, y todo lo que nos queda es buscar nutrientes para nuestros huevos, y aguardar el momento de nuestra partida hacia la nada.

Sí, somos hembras de mosquito. Pertenecemos a una especie detestada por todas las demás, perseguida, gaseada y electrocutada, sometida a una persecución implacable por el amor que sentimos hacia nuestras crías. Como si fuera algo terrible, el tener instinto maternal.


Y, si ya era dura antes nuestra vida en las marismas de Trudje, ahora encima tenemos que sufrir los embates del Enemigo.

La verdad es que nadie dio, en un principio, mucha importancia a aquel pálido ser que una noche se coló en la vieja cabaña abandonada. Un monstruoso bípedo cualquiera, nos pareció en un primer momento, uno más de esos gigantes de piel de tela a los que tan peligroso es dar un simple picotazo. Por mucho que durmiera en una estrecha caja de madera cerrada por arriba, y que huyera como de la peste de la luz del día.

Hasta que, no mucho más adelante, un extraño rumor se propagó por las marismas: el bípedo había atacado a una compañera, y la había despojado del alimento para sus futuras larvas.

Y pronto otras mosquitas, también aterradas y magulladas, empezaron a contar historias semejantes. Emboscadas en la oscuridad, enjambres enteros esquilmados sin que sus integrantes pudieran hacer nada más que emitir zumbidos de protesta, millones de nidadas sin ni un rastro de hemoglobina, larvas famélicas y desamparadas, y sus madres mirándolas con lágrimas en los ocelos.

El terror y la zozobra se han hecho dueños de nuestras vidas. Es imposible defenderse del Enemigo, es demasiado fuerte para que le hagamos frente, e inmune a los agentes infecciosos con los que castigamos a los demás bípedos. Lo único que se les ocurre a nuestras reinas es que aprendamos a aletear en silencio, pero el trompeteo es uno de nuestros signos de identidad desde que el mundo es mundo, y no se puede dejar atrás tan fácilmente. Y así va transcurriendo la pesadilla en la que se ha convertido el recorrido de nuestras vidas.


Y, mientras tanto, los machos siguen tan campantes, como si la cosa no fuera con ellos, viendo los toros desde la barrera y ni siquiera dedicándonos un mínimo zumbido de cariño.

Bestias e insensibles siempre, hasta la muerte.

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