martes, septiembre 25, 2007

UNA CARTA TRIUNFAL

El anciano dedicó una sonrisa a la portera mientras, pasito a pasito y apoyándose en su bastón, terminaba de recorrer la distancia que separaba la entrada del portal de su buzón. Antes de abrirlo escudriño su interior y, cuando vio lo que había dentro, pegó un respingo a medio camino entre de alegría y de temor. Abrió la cerradura con las manos temblorosas, separó el sobre de los recuerdos de las incursiones de los carteros comerciales, y hasta que estuvo dentro de su piso, a salvo de miradas indiscretas y de palmaditas de ánimo en caso de derrota, no se atrevió a rasgarlo.

Era de la editorial, claro, el anciano había reconocido el membrete nada más verlo dentro de la oscuridad de su buzón. De la editorial a la que, unos pocos meses atrás, había mandado la novela a la que había consagrado una gran parte de sus últimos veinte años. La parte más henchida de anhelos e ilusiones, de complicadísimas búsquedas en el diccionario y de jubilosos hallazgos, de solitarias pero nada tristes jornadas hilando detalles de la trama, o de la psicología de alguno de los personajes. La parte en la que había volcado sus sueños de crear algo que permaneciera, algo que fuera disfrutada por la gente años después de que él hubiera emprendido el último viaje. El anciano extrajo la carta con el corazón a ritmo de carga de caballería, y la desdobló temiéndose lo peor.


Finalmente reunió las fuerzas para leerla y, a medida que recorría las frases, una emocionada sonrisa se fue perfilando en sus labios.

La respuesta era sí, un claro y rotundo sí. La carta irradiaba entusiasmo por sus cuatro costados, y ese entusiasmo venía acompañado de una mareante oferta económica, y del teléfono del mismísimo director de la editorial, que deseaba reunirse con él lo antes posible.

Una vez concretada la cita con la secretaria, el anciano se dirigió al modesto salón de su pisito, se reclinó en su butaca favorita, respiró hondo un par de veces, y cerró los ojos para recrearse en las sensaciones que le estaban invadiendo. Y, cuando los abrió de nuevo, su mirada se posó en un retrato que había colgado en la pared.

Parte de esto es tuyo, mi amor, se sonrió el anciano. Tú fuiste quien me animó a emprender esta aventura, quien endulzó mis primeros bloqueos, mis primeras dudas, mis primeras vacilaciones, quien me mantuvo de pie cuando la nave iba a ser presa de los vientos y de las olas. El libro estará dedicado a ti, porque nunca hubo ni habrá en mi vida nadie como tú, y porque, aunque ya no estás aquí, tu sonrisa, tus besos y tus abrazos me acompañarán siempre.

Pocas horas más tarde, el anciano salió de su domicilio y cogió un taxi, con una cartera de cuero negro colgando de la mano derecha. Y, al llegar a su destino, dirigió sus pasitos cortos hacia un lugar que conocía de memoria.


Una vez allí, colocó la cartera en un banco de piedra aledaño, extrajo de la misma unas hojas manuscritas, y comenzó a leer el primer capítulo de su novela a una tumba cubierta de flores.

Y no pudo seguir más allá del segundo párrafo.

0 comentarios:

Creative Commons License
Los textos de este blog obra están bajo una licencia de Creative Commons.