martes, septiembre 18, 2007

EL TRAJE

Una tarde más en la Ciudad de los Rascacielos. Nick eleva la cabeza, y su mirada le agradece el estar saliendo por la ventana de la habitación, y recorriendo parajes tanto más interesantes que los garrapateados apuntes con los que se está peleando. El día anterior hubo una gran tormenta y las lluvias limpiaron el cielo, que luce azul y hermoso y lleno de vuelos y cantos de pájaros. Abajo, en la calle, los coches mandan, pero Nick vive en un vigésimo piso, y desde esa altura no parecen sino inofensivos insectitos de colores. Las moles adyacentes han perdido parte del plomo que las recubre habitualmente, y a través de sus troneras se vislumbran siluetas que hoy puede que no sean de zombis urbanos.


Aún así, Nick preferiría estar en cualquier otra parte, antes que intentando desentrañar las fotocopias que hace meses le pasó su amigo Vince, y que ahora se recrimina por no haber pasado a limpio. Y su mente desnuda, acaricia y hace estremecer a la mujer que le tiene partida el alma en dos. A la bellísima Helen, pelo castaño, piernas de diosa y ojos magnéticos, y más allá de toda posibilidad de conquista. Nick siente cómo la melancolía inunda todos los poros de su piel, e intenta ahuyentar los fantasmas porque no es su compañía lo que necesita ahora. Las fórmulas de los apuntes le ponen muecas burlonas, añadiendo más leña a la hoguera.

En esto, su sistema de alerta vía teléfono móvil le advierte de que una feria de congresos está siendo asaltada, y de que los atracadores han cogido a las azafatas como rehenes. Nick se levanta raudo, y en dos pasos se planta delante de su armario, que abre con presteza.

-¡MAMÁ, QUÉ HAS HECHO CON MI TRAJE? –las paredes de la habitación retumban con la voz del joven.

Se oye ruido de pasos y, poco después, cruza la puerta de entrada una oronda señora.

-Hijo, es que se iba solo a la lavadora.


-¿Cuántas veces te tengo que decir que ese traje no se lava, que nos jugamos que se pierdan todas sus súper-propiedades? –si las miradas mataran, en ese momento habría un cadáver desmembrado en el cuarto -. ¿Eh, cuántas veces?

-¡Pero si le he puesto un programa especial para prendas delicadas! –se defiende la señora -. ¡Además, tenías toda la casa oliendo a sudor rancio!

-Mamá, han secuestrado el Palacio de Congresos. Dime tú quién va a…

-¡Pues la policía, que para eso los pagamos con nuestros impuestos! ¡Y, por otra parte, ya va siendo hora de que dejes de ir vestido de mamarracho a todas partes, y te centres un poco en la carrera!

-¡Y dime tú de que te sirve salvar tantas vidas, si tienes que ir enmascarado y nadie sabe que eres tú! –prosigue la mujer -. ¿Sabes con quién vi ayer a la chica esa que te gusta tanto? ¡Con George, el profesor del centro de minusválidos! ¡Seguro que si se entera de tu identidad secreta...


-¡MAMÁ! –brotan unas lágrimas en el rostro de Nick. Ambos se funden en un abrazo.

-Vamos, vamos, cariño. Me siento tan orgullosa de ti… En cuanto termine la lavadora, pongo el traje en la secadora y, en una hora, seguro que puedes ir al Palacio de Congresos. Ya verás cómo no le ha pasado nada.

Mientras se desarrolla esta escena, el sol se esconde detrás de las cumbres artificiales de la Ciudad de los Rascacielos. Comienza a hacer frío en las calles, y las luces de los coches y de las farolas asoman tímidamente dentro del paisaje.

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