viernes, agosto 17, 2007

LOS AIRES TERRIBLES

Cuando llegué a casa después del trabajo, mi mujer me recibió con una cara de muy pocos amigos.

-¿Qué te pasa, cariño? –pregunté, al advertir su expresión.

-¿Cómo que qué me pasa? ¡Estoy enfadada!, ¿es que no lo ves?

-Pero, ¿por qué motivo?

-¡Me tenéis frito, tú y tus convicciones ecológicas, a ver si te enteras de una maldita vez! –exclamó, agarrando una de mis revistas de energías renovables de la estantería, y arrojándola violentamente al suelo.

-A ver, Teresa, ¿se puede saber qué estás haciendo? –fue entonces mi turno de enfadarme -. ¡Siéntate ahora mismo, y explícame a santo de qué estás así!


-¡No, no me da la gana de sentarme! –respondió furibunda mi esposa -.¡Tú y tus delirios de salvador del planeta! “Cualquier cosa que pueda hacer contra el cambio climático, no dudes de que la haré” –me citó con una vocecilla especialmente lacerante-. ¡Pues toma esa!

-¡Me siento muy orgulloso de mis ideas, y no pienso renunciar a ellas! ¡No te entiendo, antes no te molestaba tanto que fuera verde!

-No, si me siempre me ha parecido muy bien- Teresa adoptó un tono engañosamente melifluo -. Sobre todo, cuando te apuntaste al programa del Gobierno “Kioto, ¡qué guay!”, sin consultarme previamente. Sí, debo reconocer que ahí me emocionaste, cariño.

-Bueno, tampoco es tan grave, ¿no? Lo único que ha pasado es que hemos tenido que cambiar la nevera por una más eficiente, si no recuerdo mal.

-Ah, ¿es que no te has enterado? –Teresa me dedicó una sonrisa alegre cual guillotina.

-¿Enterado? ¿De qué?

-¿No has oído hablar de los nuevos sistemas de aire acondicionado, esos que son la rebomba y que van a prevenir el calentamiento global? ¡Pues fíjate que nos van a instalar uno en casa, mañana mismo!

-Hombre, si lo describes así, mal aspecto no tiene –me defendí -. Y, de hecho, no comprendo que no quieras tenerlo.

-O sea, me estás diciendo que de verdad no sabes en qué consisten.


-Ya ves, no. Cuando trabajo, no tengo tiempo para conectarme a Internet y, cuando llego a casa, sólo veo los programas que tú me dejas. Que, por cierto…

-¡Pues es un aire acondicionado inverso! –me interrumpió violentamente Teresa –. ¡Es decir, que en lugar de enfriar las casas, enfría la atmósfera! ¿Qué, qué te parece? ¿Bonito, no?

-¿Cómo? –respondí, incrédulo.

Teresa me pasó un folleto, con el membrete del Ministerio de Medio Ambiente y un montón de dibujitos explicativos. Empecé a leerlo.

-A ver… un pequeño sacrificio para ti, una gran ayuda para la Tierra… los pingüinos y los osos polares te estarán eternamente agradecidos… encarar los cambios en tu hogar con una mentalidad positiva… sauna gratis veinticuatro horas al día, siete días a la semana… grasas cero, cuerpazo de escándalo, si no ligas es que no quieres… grandes facilidades para cocinar…

-¡Sí, vas a ser un héroe! –continuó su andanada en cuanto el papel cayó al suelo-. ¡Tú, y todos tus malditos amiguitos ecologistas! ¡Bien bravo, seguro que te dan una medallita!

-Pero, cariño, yo no pensaba…

-¡Ni pero cariño, ni porras! ¡A mí me gusta el frío y, si no puedo pasarlo aquí, pues lo disfrutaré en casa de mi madre! ¡Hala, me voy! ¡Y no intentes retenerme, ni hacerme chantajes emocionales, porque no vas a conseguir nada!

Y, poco después, cogió las maletas y me abandonó por la puerta principal.

Ante lo que reaccioné llamando al Ministerio de Medio Ambiente, y apuntando a la madre de Teresa al programa “Kioto, ¡qué guay!”.

Ya que del infierno no se libra, espero que prefiera sufrirlo conmigo.

1 comentarios:

achi dijo...

Jajaja, me encanta

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