domingo, agosto 12, 2007

CORAZONES DESTROZADOS

Primeras horas de una luminosa mañana de verano, el tren de cercanías camina sobre sus rieles mientras los pasajeros intentamos aprovechar el trayecto para dormir un poco. Van pasando las estaciones, hasta que llega Príncipe Pío y el ferrocarril se para mucho más tiempo del habitual. Al principio nadie reacciona, pero, al cabo de unos minutos, una señora se levanta y se dirige a uno de los ventanales.
-Ay, pobre –exclama, compungida.

Miramos todos entonces, y vemos al maquinista llorando sobre el hombro de un compañero, que intenta tranquilizarlo mientras el jefe de estación los observa impaciente. Uno de los viajantes baja y, cuando sube, nos cuenta que la mujer del ferroviario lo dejó la noche anterior, y de ahí su abatimiento. La gente se muestra muy comprensiva, a nadie parece molestarle en exceso el retraso.

Al cabo de unos minutos, un suplente toma los mandos del convoy, y este sigue perezoso su camino.


Finalmente llego a mi ministerio, ficho, y subo las escaleras que conducen a mi despacho. Enciendo el ordenador, y constato que hay un expediente que lleva mucho más tiempo del normal sin ser tramitado. Llamo al usuario responsable, y me contesta con un desgarrado llanto.

Hablamos largo y tendido. Su novia le está poniendo los cuernos con un cartero comercial, me cuenta, el lunes volvió temprano a casa y los pilló en plena faena. Y lo peor, añade, es que el cartero comercial le acabó vendiendo una Biblia y un ordenador en siete mensualidades. Me cuesta mucho convencerlo de que hay un montón de chicas dispuestas a lanzarse sobre un funcionario atractivo y todavía joven como él, y de que, por favor, tramite el expediente.

Bajo a la cafetería, luego a la calle, y flota en el ambiente una epidemia de romanticismo frustrado. Los camareros están demasiado melancólicos como para servirme un café; los guardias, ocupados en secarse las lágrimas unos a otros, ni intentan atajar las barbaridades de los coches, cuyos radiocasetes escupen a todo volumen las baladas de Bonnie Tyler; en los kioscos sólo detecto ejemplares del “Hola” y de ediciones baratas de novelas de Corín Tellado.

Vuelvo a mi despacho y sigo trabajando. Y, cuando se acerca la hora de terminar, recibo un mensaje en el móvil.


Es de la niña de mis sueños. Me explica que tampoco esta semana podremos vernos: aunque no le apetece nada, va a tener que ir con su familia a Benidorm, a servir de cebo a las medusas y, posteriormente, deberá enfrascarse en su importantísimo examen de Cristalografía. Pero que, por favor, no me preocupe, que después seguro que encuentra un huequito para mí. Siento cómo la tierra se me hunde bajo los pies, y llevo la mirada perdida cuando ficho y cruzo la puerta de salida del ministerio.

Pero, a mí, nadie acude a consolarme.

1 comentarios:

Miguel dijo...

El mes de agosto es el equivalente temporal del boulevard de los sueños rotos. Lo digo por experiencia.

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